Un Espirituano en las Márgenes del Hudson

Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Un Espirituano en las Márgenes del Hudson

Por Luis F. Brizuela Cruz

“Este lugar es parecido a la dicha

y yo no soy feliz” –Jorge Luis Borges-

Desde hace un poco más de tres décadas mi esposa y yo hemos vivido cerca de la orilla del Rio Hudson que corresponde al Estado de New Jersey. Nos mudamos de New York inmediatamente después del nacimiento de nuestro primogénito y podríamos decir que llegamos a este territorio del Estado Jardín, el cual es considerado aun una de las áreas de mayor concentración de cubanos, particularmente villareños, en el momento preciso en que muchos se desplazaban hacia otras partes de New Jersey, o descendían a la Florida retirados, en busca del clima permanentemente  cálido y quizás, subconscientemente, tratando algunos de reducir la distancia entre ellos y la patria perdida.

Esta zona del noreste estadounidense, que durante la primera parte del siglo veinte fuera el destino de muchos europeos, inicialmente alemanes y posteriormente italianos e irlandeses, acogió en su seno a los primeros refugiados políticos cubanos durante las décadas del sesenta y setenta. El éxodo del Mariel en el 1980 trajo el último lote de cubanos con arraigada causa política; rezagados algunos por razones de edad militar, otros debido a largos encarcelamientos por posturas opuestas a la tiranía castrista y otros simplemente por reacciones tardías a la manifestación de uno de los experimentos  más maquiavélicos y tal vez la más compleja abominación sociológica en la historia de los odios y virtudes de los hombres.

Como se conoce, un porcentaje de los venidos a través del Mariel incluía delincuentes comunes y enfermos mentales que el gobierno de la isla -en un acto de vileza y sabotaje a los Estados Unidos-  aprovechó para enviar en los barcos que iban y venían transportando cubanos a través del Estrecho de la Florida. Este grupo se fue diluyendo gradualmente con el encarcelamiento,  muerte o retorno a Cuba de muchos de los delincuentes y la ubicación en centros correspondientes de aquellos con problemas mentales.  Con tres décadas de destierro sobre sus espaldas, los marielitos constituyen otra de las diversas productivas capas en la estructura cubana de la diáspora, en tiempos recientes incrementada por nuevos grupos también mayoritariamente productivos, pero generalmente despojados de conciencia política o conocimiento histórico. Es preciso señalar que los nuevos grupos de inmigrantes cubanos están integrados por hombres y mujeres que nacieron después de la revolución castrista y han pasado gran parte de sus vidas enfrascados en la sobrevivencia cotidiana; simultáneamente moldeados y estigmatizados por la incoherente e improductiva,  pero incesante y eficaz doctrina comunista.

Muchos de nosotros, los desterrados cubanos antiguos, tenemos también nuestros estigmas e intransigencias, las cuales  -de manera similar al sometimiento psicológico al que han estado expuestos los de ahora y que se manifiesta en su proceder- nos delatan ante los otros grupos étnicos que forman el “Crisol de Culturas” que es la sociedad estadounidense. Ni el dominio del inglés, ni nuestra aparente adaptación a la tradicional cultura norteamericana -donde ya hemos creado amistades, vínculos profesionales y costumbres que distan algo de las que hace tantos años importamos con nuestra llegada a la libertad- han logrado borrar la esencia de lo que, irrevocablemente, seremos hasta que concluya nuestra jornada terrenal.

Resulta particularmente curioso como solemos a veces deslizarnos, casi inadvertidamente, durante conversaciones con amistades de habla inglesa y de otras descendencias,  hacia el tema de Cuba; en ocasiones regionalizando nuestra nostalgia hasta el punto geográfico de nuestro desprendimiento, no importa que sea este recóndito, humilde o de total inconsecuencia para los demás. Nuestros hijos, nacidos y criados en el noreste estadounidense y –comparativamente- menos expuestos a las tradiciones cubanas que sus homólogos de Miami, saben perfectamente nuestra postura referente al regreso a la patria mientras esta permanezca víctima del ultraje, pero posiblemente no necesitarían un Sistema de Posicionamiento Global (GPS) si algún día regresaran a los respectivos pueblos de sus padres y abuelos en una Cuba libre del futuro. A través de los años, ha sido motivo de orgullo y profundo sentimiento patrio cada momento en que nuestro hijo e hija se han identificado como “cubanos” en diversos círculos, casi instintivamente. En lo personal, tales emociones han sido particularmente duplicadas cuando nuestros muchachos, hoy de 30 y 33 años respectivamente, me han comentado que conocieron a “alguien” de Sancti Spíritus.

Tenemos la dicha no solo de vivir en la libertad, pero de poder caminar solo unas cuadras en dirección este y poder presenciar uno de los espectáculos más grandiosos del planeta: el majestuoso Rio Hudson, del otro lado del mismo los imponentes rascacielos de la metrópolis neoyorquina y hacia la derecha la franca bahía, cual pórtico legendario de tantos sueños inmigrantes. Desde nuestro maravilloso promontorio podemos nosotros, los afortunados, recrear gran parte de la historia del mejor concepto de sociedad concebido por mentes humanas. Mirando hacia la izquierda, podemos seguir la impetuosa trayectoria del rio e imaginarnos a George Washington, debajo del puente con su nombre, exhortando a sus hombres frente a los elementos de aquel invierno feroz de 1776, durante sus épicas batallas contra los ingleses. Desaparece más allá el rio tras un amplio recodo que conduce hacia la Academia Militar de West Point, cuna de formación de cientos de miles de defensores de nuestra soberanía y del mundo.

Desde nuestro lado del agua, muchos también fuimos testigos oculares de la destrucción de las Torres Gemelas del World Trade Center por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y posteriormente del espíritu inquebrantable de la nación que hemos adoptado como nuestra segunda patria, mientras hemos contemplado la construcción de la Torre de la Libertad (Freedom Tower) durante los últimos años en la punta de la isla de Manhattan, donde una vez estuvieron las Torres.

Visitantes de los dos Estados que une y a la vez separa el Rio -cuyo nombre rinde tributo al expedicionario Henry Hudson- al igual que de todas partes de los Estados Unidos y del mundo acuden a este paraíso fotográfico utilizado como fondo para películas, bodas, eventos familiares o testimonios personales de una visita a uno de los lugares más hermosos de la creación providencial y humana. Lo que hasta hace solo unas décadas eran márgenes vírgenes en la parte de New Jersey del Hudson, es ahora uno de los lugares de mayor explosión demográfica, con la edificación de viviendas, oficinas y restaurantes que adornan la orilla oeste.

En las tardes, al caer el sol, los gigantescos rascacielos quedan convertidos en mágicos espejos del resplandeciente ocaso. Y con el último destello se van encendiendo las luces de la vecina ciudad nocturna, la cual muchos atestiguan que jamás duerme. En esas contemplativas tardes de nuestra relativa insignificancia humana, envueltos en las sombras previas a la luz de los faroles y de los edificios de enfrente replicados en las tranquilas aguas, a veces nos devolvemos a nuestra oculta raíz e incitamos una extraña melancolía que nos hace advertir que hasta en los lugares donde puede residir la dicha, nuestra carencia de patria perturba la belleza del entorno.

The Freedom Tower


Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •