Umbrales

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Umbrales

Por Luis F. Brizuela Cruz

“Soy esa torpe intensidad que es un alma” –Borges-

De nuevo en el umbral de otro año terrenal, sorteando conjeturas y todavía fiel a algunos sueños. No cesan de asombrarme la memoria y la atropellada sagacidad del animal humano. Tampoco me aburro de su afán y de su renuencia en aceptar límites y términos. He visto de cerca algunos cuerpos y algunas mentes que me recuerdan como seguir y creo sinceramente que no he visto tanto. Admiro y hasta reciento las vidas y la fe de los que han sufrido más, para devolverme siempre al refugio de una incómoda gratitud que he optado por preservar anónima después de tantos años y tantos umbrales.

Soy un hombre feliz, a quien la vida ha premiado con la compañía de una mujer que en cuestiones de rigor, pasión y ternura lo entiende todo. He disfrutado el goce de la paternidad, particularmente de forma retrospectiva y a veces eso me aflige y sumerge en una dulce melancolía. Entre esos sueños a los que jamás renuncio está empezar de nuevo, pero disfrutar cada alegría y cada llanto de nuestros hijos como si hubiera estado allí. Lo curioso del caso es que siempre estuve -todos me vieron y algunos hasta me han elogiado por ello- pero solo en la madurez es que de verdad se saborean esas cosas y para entonces los hijos han tomado sus caminos y nos parece que el tiempo es más corto, aunque nos queden muchos años por delante. Tal vez ahí radica el bálsamo de los nietos y las diversas teorías en torno al amor hacia ellos y de ellos. Creo que es el mismo amor de nuestros hijos, solo que nosotros éramos jóvenes y desentendidos en diversas materias y eso nos protegía de peligros y nos hacía distraídamente audaces. Hoy somos precavidos y lo sabemos casi todo, hasta lo que sería mejor no saber. Una compleja paradoja es la vida y solo el alma es capaz de ser a veces tristemente feliz.

Nuestra generación repite los mismos comentarios que otras anteriores frente al horror del panorama planetario actual y de las nuevas normas y modales, o la carencia de estos, por parte de nuestros jóvenes. ¿Serán realmente peores las cosas hoy o entra en juego la relatividad de tiempo, época y espacio? ¿Seriamos nosotros tan aterradores para nuestros progenitores como nos parece a nosotros la generación de nuestros frutos?

¿Es mayor la corrupción de nuestros líderes políticos y religiosos que la de los de otros tiempos? ¿Será esta la etapa donde realmente se ha perdido del todo la cordura colectiva y están verdaderamente más cerca que nunca antes esos momentos apocalípticos que profesan muchas creencias? ¿Cuán cerca? ¿O es todo cíclico, como reiterara Borges, y nada de lo que hoy vemos y padecemos es de ninguna forma distinta a lo que aconteció cientos y miles de años atrás? Hasta las mismas religiones que vaticinan y se han venido proliferando más y más a través del tiempo repiten, incesantes, las mismas predicciones y los mismos castigos por nuestras fechorías que las primeras sectas y agrupaciones de fe que engendró la curiosidad o el oportunismo del hombre.

Sobre el tema de la fe y sus atajos, siempre recuerdo que una vez, en calidad de joven estudiante, se me ocurrió preguntar a mi profesor de filosofía si era posible que en vez de Dios haber creado al hombre, había sido el hombre quien había creado a Dios. El afable octogenario Dr. Greene me acarició con una mirada que parecía haber cruzado muchos umbrales y me dijo: “No solo es completamente posible, pero es también muy probable que si existe un Dios en el mundo de los leones, éste tiene la cara de un león”.

Posiblemente lo único que es totalmente cierto es la incertidumbre con la que fuimos dotados; precisamente por esa divinidad o providencia que quizás no tiene nada que ver con nuestras religiones institucionalizadas.  Otra cosa que recuerdo de mis primeras observaciones está cifrada en la letra de una vieja canción en inglés: “Heaven is not made only for those who congregate…” (“El Paraíso no está hecho solo para los que se congregan… “). Gibran, por otro lado, nos simplificó la premisa que nuestro diario vivir es nuestro templo y nuestra religión y debemos entrar a ellos de forma invisible y venir portados de todo aquello que hemos diseñado y construido por necesidad o por placer. También señaló que todas nuestras jornadas son equiparables en su riqueza y pobreza a las de Dios y nada podemos pedirle ni para nosotros, ni para los demás, puesto que nuestro Padre Alado ya sabe todas nuestras necesidades y congojas antes que las mismas nazcan en nosotros.

¿Sería demasiado presuntuoso proponer que alguien -que tal vez ya existe- habrá de formular estas mismas conjeturas y otras parecidas a mis humildes inquietudes en el umbral de otro año terrenal, dentro de otro siglo u otro milenio?

Tengan todos un Feliz Año 2015 de nuestra Era Común.Threshold


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