Trump y el statu quo

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Trump y el statu quo
Por Luis F. Brizuela Cruz

Cuando Candy Crowley,  la moderadora de CNN durante el segundo debate presidencial entre Barack Obama y Mitt Romney, impidió que el candidato republicano extendiera su señalamiento contra el presidente al respecto de su actuación en el caso de Bengasi, Libia, las aspiraciones republicanas de vencer a Obama un mes después en las elecciones presidenciales del 2012 quedaron básicamente abolidas. Romney pareció recogerse al buen vivir y poco argumentó después del incidente.
Sellando la suerte de los conservadores, durante el debate vicepresidencial entre Paul Ryan y Joe Biden, este último alcanzó una estrecha victoria por el simple hecho de emplear la palabra “malarkey” (sandeces, paparruchas, en lenguaje coloquial que Biden indicó lo suelen usar los de descendencia irlandesa como él) al referirse a comentarios de su rival republicano. Un brillante Paul Ryan pareció estupefacto a lo largo del debate frente a un oponente de inferior intelectualidad y elocuencia y lejos de revertir las fanfarronerías del indiscreto Tio Joe, Ryan limitó su estrategia como para conceder a su rival un triunfo popular, aunque cuestionable.
Obama y Biden fueron reelectos en Noviembre de ese año.
Como era de esperar de un joven y capacitado político, Ryan fue nombrado presidente de la Cámara de Representantes, augurio de futuros logros en la política estadounidense y Romney, por otro lado, fue colocado en los anaqueles del aparente olvido, como el hombre que perdió frente a Obama en el 2012.
Este año de nuevas elecciones presidenciales y de la aparición inesperada en la contienda de un personaje sui generis llamado Donald Trump, el statu quo de la política de Estados Unidos ha recibido una de las sacudidas más significativas en su historia de dos siglos y medio. No solo han sido los intereses del “partido del burro” los que han tornado abruptamente su atención al fenómeno Trump, como peligro de malograr su extensa e imperturbable agenda socialista, sino que las huestes “paquidermas” han despertado también de su cómodo letargo y complacencia para percatarse que deben tomar serias cartas en el asunto, no necesariamente contra sus archirrivales,  pero en referencia a quien pueda estropear su propia ambivalente agenda.
Tal ha sido la consternación de los conservadores ante la avalancha insospechada del excéntrico millonario de bienes raíces, convertido en celebridad y ahora aspirante a la oficina mayor de gobierno, que los “elefantes” llegaron hasta “desempolvar” a Mitt Romney para lanzar un ataque tipo “drone” contra el candidato troglodita, transformado en el vocero de una nueva mayoría silente de estadounidenses. La estrategia de traer a Romney a la luz pública, para aleccionar a los votantes sobre los peligros que Trump pueda representar, no pareció funcionar frente a una creciente demografía hastiada y agotada de una inercia sociopolítica, la cual parece haber abandonado la nave de la nación a su suerte y muchos  ya otean en el horizonte el fatídico abismo por donde podría desbocarse el más moderno y benévolo de los imperios terrenales.
¡Jeb! definitivamente no pudo encontrar la energía suficiente para ni siquiera hacerle la pelea a Trump y muchos de los planes conservadores pueden haberse evaporado con el que pudo haber sido “Bush, el Tercero”. Marco Rubio descendió de su pedestal de aparente pulcritud para confrontar al vulgar Donald en su terreno -quizás por solicitud de los “elefantes” ancianos- y esa estrategia fracasó también, dejando posiblemente sacrificada la imagen de quien pudiera haber sido el John F. Kennedy republicano en años futuros. El fervoroso, genial y petulante Ted Cruz –no precisamente un favorito del establecimiento de derecha- ha sido la renuente manifestación de conformidad del partido, dejando a Kasich como la “carta oculta”, con su exitoso expediente de logros en el Congreso y en la Gubernatura de Ohio, de llegar la contienda republicana a una “convención disputada” -donde ningún candidato arribaría con el número de votos requerido para la automática nominación. Hubo rumores de la postulación sorpresa de Ryan en el caso de esa convención definitoria, pero el Speaker descartó tal alternativa, posiblemente tratando de evitar correr la misma suerte de Rubio y arruinar un futuro prometedor.
Si reunimos los hechos factibles expuestos y las definitivas válidas asunciones que de ellos se derivan, hay cabida en todo esto para deducir que los dos partidos políticos que nos rigen podrían muy fácilmente estar funcionando desde la premisa de un acuerdo preconcebido, aunque no necesaria o totalmente bosquejado con fría exactitud a una ciencia perfecta.
¿Podrían Romney y Ryan haber sido aconsejados en no ofrecer una resistencia substanciosa durante su campaña del 2012, como para permitir la culminación de un plan superior de ingeniería social, que se había puesto en marcha con la elección cuatro años antes del primer presidente mestizo de Estados Unidos? ¿Tuvo en aquel entonces el héroe nacional John McCain, con sus halagos hacia Obama, alguna participación en este proceso que parecería satisfacer -por lo menos en ese instante- los intereses de ambos, republicanos y demócratas?
¿Podría Hillary Clinton estar marchando, inalteradamente, hacia lo que de antemano fue visualizado como una coronación, más que una nominación? ¿Será el hippy pasmado en la década del sesenta, Bernie Sanders, el Trump del partido demócrata o simplemente un accesorio de la campaña de Clinton versión mujer? El establecimiento político estadounidense tiene una deuda con Hillary Clinton y su elección constituye un peldaño casi reglamentario dentro del trazado esquema de ingeniería social norteamericana. El sorpresivo revés de Clinton contra Obama pudo haber alterado el guión original que señalaba la presidencia de una mujer antes de la de un afroamericano, en el curioso caso de Obama, versión híbrida. De cualquier manera, el orden de los factores posiblemente no hubiera alterado el catastrófico producto.
De ser nominado por los “elefantes” y –de forma altamente improbable- elegido presidente de los Estados Unidos, ¿sería Donald Trump el individuo que cambiaría el curso del país y por consecuencia del mundo, o se enlistaría eventualmente él también en el Country Club de la política estadounidense, preservando así el decadente statu quo?
Quizás no sea ni siquiera necesario llegar hasta Noviembre para definir algunas de estas interrogantes.th9UULWWZE


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