Otra Esperanza, Otro Adios (Memorias de una ficción)

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Otra Esperanza, Otro Adiós
(Memorias de una ficción)
Por Luis F. Brizuela Cruz

“La esperanza es algo bueno, quizás sea lo mejor.
Y lo bueno nunca muere.”
-De la película “The Shawshank Redemption”-

Luis llegó a la Plaza de Mercado faltando unos minutos para las siete, aquella mañana del 7 de abril de 1980, a tan solo cuatro días de cumplir veinte y tres años. Utilizó la entrada de Independencia a pesar que la del Coco estaba más cerca de su casa, lo que indicaba que había estado en otras partes de la ciudad desde muy temprano. Traía una jaba con tres guayabas, dos mangos y varios cartuchos vacíos y estrujados, pero nítidamente doblados sobre las frutas. Había llovido durante la noche y a lo largo del pasillo que conducía al centro de la Plaza brillaban los charcos donde se reflejaban las escasas bombillas del recinto. Evadiendo los depósitos de agua y a solo unos pasos del centro de la Plaza fue que Luis detectó el primer signo de vida.
-¿Qué pasa Arroz? ¿Cómo andas?
-Aquí, viendo a ver que aparece- contestó el hombre de unos cincuenta años, flaco, de nariz ñata y orejas de coliflor. -¿Cómo sigue el viejo?-
-De mal en peor- respondió Luis. –Aquí le llevo unas guayabas y unos mangos para que la vieja le haga batidos. Ya casi no traga comida sólida. Creo que es cuestión de unos meses más-
-Cuanto lo siento- comentó Arroz. –Sabes que lo quiero como un padre-
-Lo sé y te lo agradezco, mi socio. Le diré que te vi. Se alegrará- concluyó Luis.
Arroz permaneció pensativo, mientras Luis se alejaba escudriñando los escasos puestos abiertos en el centro de la Plaza. Afuera de la carnicería aguardaban diez o doces personas y sobre el gastado mármol del mostrador revoloteaban varias moscas. Al acercarse, Luis reconoció al sonriente anciano alto y encorvado que parecía tener uno de los primeros números en la cola de la carne.
-Afectuosos saludos, Doctor- exclamó Luis. -Hace tiempo que no lo veía. ¿Cómo sigue de sus males?-
-Un poquito mejor, aunque no para estar en la calle aun, pero Julio está muy afectado de los nervios y no pudo venir a buscar la carne. Me toca entonces a mí. Sabes como es. La cosa está dura. Y tu padre, ¿Cómo sigue?
-La situación no es nada alentadora- respondió el joven.
-¡Qué pena!- comentó el anciano. –Cuando me sienta más fuerte, voy a visitarlo para evocar los viejos tiempos. Tal vez nos ayude a los dos-.
-¿Estás al tanto de lo que está pasando en la Habana, en la Embajada del Perú?- continuó el octogenario, bajando el tono de su voz.
-Esta mañana en Colón alguien hizo mención que unos cuantos cubanos se habían metido en la Embajada, buscando refugio político. Pero no sé nada más. ¿Qué sabe usted?- preguntó Luis.
-No mucho más de eso- indicó el viejo. –Pero dos décadas de opresión y decadencia social son capaces de producir este tipo de reacción. Llevo años preguntándome cómo es que algo así no ocurriera antes-
-El control es total- observó Luis. –Mi madre ha sido quien me ha abierto los ojos a este tipo de realidad. Lo que para la gran mayoría ha resultado un proceso de subconsciente aceptación y adaptación, no ha sido para otros como ella sino otra versión del sistemático adoctrinamiento y lavado de cerebro comunista, impuesto por la fuerza y la constancia de la propaganda-
-Me parece fascinante oírte hablar así. Me recuerdo el día que tu padre te trajo por primera vez a la escuela para matricularte. Tu madre se oponía a que entraras al sistema público por miedo precisamente a la doctrina comunista. Eran pocos entonces los acertados como ella acerca de lo que habría de venir-
El diálogo en voces bajas del anciano Profesor y Luis fue interrumpido por el murmullo de la multitud y la voz familiar del carnicero que anunciaba el comienzo de la distribución de la carne.
-¿Estás aquí para la carne?- le preguntó el maestro a Luis.
-No. No nos toca hoy. Entré a la Plaza por costumbre más bien. Siempre viendo a ver si hay algo que llevar. Creo que es ya es una herencia para mi generación; el legado de nuestros padres. Crecimos viéndolos a ellos en el forrajeo y aquí estamos, veinte años después, haciendo lo mismo. Que se mejore, Doctor. Ha sido un placer-
-Mis deseos que tu padre mejore también. Me lo saludas-
Luis se dirigió hacia la salida del Boquete del Coco, alcanzando la estrecha callejuela que apenas despertaba a la lucha cotidiana. Un hombre con sombrero de guano empujaba una carretilla vacía cuesta abajo y una anciana de andar lento y rostro desesperanzado parecía ir en busca de la entrada a la Plaza. El temprano sol iluminaba solo un lado de la calle, mientras que una placentera brisa primaveral se esparcía por el lado de la sombra.
Era precisamente en estos recorridos por Sancti Spíritus que Luis solía recapitular su vida. Tanto había ocurrido desde el día, nueve años atrás, cuando el telegrama para la salida del país que todos creían que había llegado nunca llegó. Se extasiaba imaginando como hubiera sido su vida en los Estados Unidos. A veces se imaginaba a si mismo platicando en inglés. Otras, divagaba pensando que para este entonces ya podría estar a punto de recibirse como abogado, pues desde niño familiares y amigos apostaban que a eso llegaría por su elocuencia y facilidad de palabras. Solo él sabía íntimamente sus flaquezas y como -después de una primaria estupendamente exitosa- su escasa disciplina para el estudio lo habían hecho descender hacia el nivel promedio de sus clases secundarias. Tal vez en otro medio como el de los Estados Unidos hubiera encontrado su alineamiento con el rigor y los vaticinios de muchos podrían haberse materializado, pero de cualquier manera tenía la certeza que su vida hubiera tenido algún tipo de sentido.
Muchos de sus amigos estaban dispersos por otras partes de la provincia, del país y del mundo, cada uno tratando de definir su destino, pero no todos de forma voluntaria. De los integrados al sistema, los más afortunados habían sido aquellos involucrados en los deportes, en calidad de practicantes o dirigentes, quienes ocupaban puestos dentro de la estructura gubernamental donde se enlazaban los hilos de ideología y actitud deportiva –uno de los estandartes iniciales de la fallida revolución que habría también de desmoronarse con el paso del tiempo. Entre los que habían corrido peor suerte se hallaban los asignados a misiones internacionalistas, en particular aquellas que comprendían su participación en conflictos bélicos. El castrismo para entonces estaba totalmente comprometido con la maquinaria comunista internacional y enviaba a sus hombres a los frentes globales donde se disputaban territorios con base a las ideologías de izquierda coordinadas por la Unión Soviética y las capitalistas, bajo el patrocinio estadounidense. Desconocidas para el resto del mundo quedarían las horribles estadísticas del saldo de muertes y mutilados que dejaría la impropiamente llamada Guerra Fría en países como Cuba, cuya participación fue siempre asolapada por el hermetismo castrista y su campaña anti americanista -de tan buena recepción y asiento dentro de la ignorancia tercermundista.
Las novias de las diferentes etapas en la adolescencia de Luis también ya habían encontrado sus destinos. La última de ellas había cedido a la presión de sus padres integrados al sistema, rompiendo relaciones con Luis y casándose con un capitán del gobierno fidelista. Luis seguía solo, desde hacía ya varios años asumiendo gran parte de la responsabilidad del hogar. Había logrado un trabajo en la emisora radial de Sancti Spíritus, limitado -por mutuo convenio y prudencia- a las noticias deportivas y eso gracias a la influencia de un viejo amigo de su padre, el cual había ignorado los estrictos códigos de lealtad ideológica que constituían el requisito fundamental para poder ser parte de la infraestructura sociopolítica del país.
***********************
La llegada al hogar fue sombría y silenciosa, como venía ocurriendo desde la muerte de Mario siete años antes y de manera aún más acentuada desde que le descubrieran el cáncer de los huesos a su padre, que ahora se consumía día a día, en medio de deplorables condiciones de higiene y asistencia médica. El viejo había sido traído de nuevo para la casa desde hacía dos semanas, cuando un pariente que ocupaba una plaza importante en el hospital de la ciudad había recomendado que lo dejaran morir en la tranquilidad del hogar. Su opinión experta era que el padre de Luis no pasaría de tres o cuatro meses y que, dadas las adversas condiciones para la atención de los enfermos en el hospital y la constante preocupación por parte de los familiares y acompañantes por el robo de las pertenencias personales, todos lograrían cierto sentido de paz y cordura en el ambiente familiar.
-¿Cómo lo ves hoy?- le preguntó Luis a su madre.
-Ya queda poco tiempo. Hablemos bajito. Dicen que aun en su estado, casi comatoso, podría oír lo que se dice- respondió la madre. –Pedrito nos trajo hace un rato la morfina y me dijo que se la inyecte cada vez que se queje del dolor. Dice que así se irá con menos sufrimiento. ¿Qué tal te fue a ti? ¿Trajiste algo?-
-Conseguí unas guayabas y unos mangos para los batidos. En la plaza no había nada. Tal vez regrese luego a ver si entró algo. Se rumora que se han colado unos cubanos en la Embajada del Perú, en la Habana, buscando asilo-
-Ya el pueblo no aguanta más. Veremos la reacción del gobierno. No guardo esperanzas de nada ya, pero no es menos cierto que es una noticia- comentó la madre.
Se oyó crujir la puerta y entró Angelito sigilosamente.
-¿Cómo sigue todo por aquí? ¿Qué te dicen del viejo?-
-Estamos en la etapa final. Le mandaron morfina para que el desenlace sea menos doloroso- respondió Luis. –Unos cubanos se han metido en la Embajada del Perú en la Habana. ¿Supiste de eso?-
-Escuché algo antes de salir para el trabajo. Me lo dijo un vecino que coge la onda corta. Sabes que pensé en ti enseguida. Sé cómo te sientes. Esto no es para ti. Quizás ya no es para nadie, pero muchos de nosotros al menos nos hemos integrado. Sé que agonizas cada día con la frustración de no haber podido salir. Tal vez se avecina otra oportunidad, otra esperanza. Bueno, sigo pa’ la pincha-
-Ok, socio. Buen día- veremos qué pasa- concluyó Luis.
Sobre los próximos días, aun con la restringida información, se fueron conociendo más detalles sobre la intrépida irrupción del ómnibus dirigido por cubanos de a pie en los jardines de la embajada peruana. El gobierno culpó de inmediato a los valientes que habían llevado a cabo tal hazaña por la muerte de un oficial. Después se supo que había sido negligencia de otro guardia. La propaganda castrista asumió la más agresiva y total defensiva, pero ante la avalancha de hombres, mujeres y niños que habrían de añadirse a este evento sin precedentes en las dos décadas de infamia comunista en la isla y temiendo a la crítica internacional, poco tiempo después se decretaría abierto el Puerto del Mariel para que aquellos que querían abandonar la patria pudieran hacerlo.
Miles de cubanos lograron salir, recogidos por familiares y amigos que habilitaron y fletaron embarcaciones para uno de los éxodos de mayor resonancia en épocas recientes. El maquiavélico gobierno impuso la inclusión de criminales y enfermos mentales en la salida en masa de cubanos hacia Miami, creando un caos inicial para los Estados Unidos y una desconcertante nueva percepción sobre el cubano por parte del resto del mundo. El gobierno creó también las infames Brigadas de Respuesta Rápida que condujeron abominables actos de repudio contra los que intentaban salir de Cuba. Pero un paso gigantesco se había dado y ahora, por primera vez desde el triunfo fidelista, había una concreta evidencia que el sistema no había sido el éxito que sus incoherentes protagonistas clamaban. Se había escrito un capítulo para la historia que la avasalladora propaganda castrista ya no podría borrar y que daría paso a otros éxodos y a miles de otras historias personales de sufrimiento, ansias de libertad y redención.
El padre de Luis falleció el 24 de noviembre de 1980, en Sancti Spíritus, en su apartamento de la Calle Martí # 13 Sur. La madre y la tía de Luis le habían sugerido intentar salir por el Mariel. Hubo algunos contactos con amigos y familiares lejanos que ofrecieron enviar por él, pero Luis optó por permanecer en Cuba, junto a su padre hasta el final.
Por segunda vez en sus veinte tres años había conocido el aliciente de la esperanza y por segunda vez también experimentado la zozobra del incierto Adiós.


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