Mi Calle sin Esquina

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Mi Calle sin Esquina
Por Luis F. Brizuela Cruz
“Carece de esquina la calle del papel
y mis pasos se rompen;
son los pasos del alma que camina
sobre la incolora imagen del tiempo”
-De mi poema “Imágenes”, escrito hace más de cuatro décadas-
Hoy parecen tan distantes en el tiempo aquellos días, que siento a veces que pertenecen a otra vida que una vez viví. Quizás existe un ápice de certitud en ese sentir, ya que la vida que hoy identifico como real dista mucho de la vida que pudo ser. Tal es el premio y la dicha de la cual podemos hoy hablar aquellos que, de niños, escapamos una de las mayores perversiones en los anales de la historia: el macabro experimento sociológico del castrismo comunismo.
Sin embargo, perduran siempre los recuerdos, no todos amargos. Para nosotros solo empezaban las penurias cuando, fortuitamente, nos tocó la aventura del éxodo. Por lo tanto, nuestros recuerdos del terruño, de nuestra infancia y temprana adolescencia, aún mantienen su sepia nostálgico y sus mágicos vestigios de ensoñación. A pesar de los colores digitalizados de las nuevas cámaras viajeras, algunos hemos optado por preservar las imágenes de nuestras memorias plasmadas en el blanco y negro de las fotos antiguas de nuestros ancestros –así como también han quedado infranqueables el mar y el cielo del Estrecho para nuestra imaginación, caprichosamente vedada al regreso.  
En las copiosas tardes de mi sentir, cuando suelo sumirme en los recuerdos de la patria secuestrada, mi mente y mi alma encuentran deleite en la imperturbabilidad de los mismos. En mi memoria nada ha cambiado. Siguen allí el Puente y la Iglesia sobre la calle de la iglesia, con su color añejado por los siglos, al igual que tantos símbolos patrios de mi ayer espirituano. Hay hasta un aire de sutil elegancia y dignidad en los parajes y los personajes turbios de mis gastadas remembranzas. Posiblemente todo esto no es más que un capricho -la predilección de mi mente- sometida al infortunio de un perpetuo destierro emocional.
Se me ocurre pensar que la nuestra fue la última generación que pudo sopesar el pudor y la civilidad del pasado cubano con la infame reprogramación del castrismo, parte fundamental de su macabro planeamiento. Sobre cada generación posterior descendieron capas de apatía y desidia que sepultaron valores, códigos y cualquier convicción sociopolítica que existieran antes de la hecatombe. El resultado: una cultura dispersa por todo el planeta sobre el transcurso de seis largas décadas y varias generaciones en la búsqueda frustrada de la que fuera su identidad glamorosa  -hasta a veces virtuosa- y la añoranza por una unidad que nunca fue.
Testigos y protagonistas de un desgobierno paradójicamente intransigente y de camaleónica doble moral para su elitista sobrevivencia, millones de cubanos han vivido al margen del delito e inmoralidad para salvar su propia desesperada subsistencia; dando paso al engendro de la más atropellada entidad cosmológica, atormentada por el choque entre las instintivas aspiraciones humanas y la doctrina de dependencia, sumisión y vagancia inducida por el maquiavélico régimen. Este espanto sin final, del cual se han burlado en tiempos recientes el oportunista y deshonesto gobierno de Cuba y el socialismo estadounidense encabezado por el presidente Obama (ese pupilo de Alinsky y de Ayers), parece haber destituido, de forma irreparable, al cubano de a pie en la isla prisión y haber doblegado la remanente voluntad y ansias de lucha del cubano de la diáspora.
Los viejos héroes de nuestras epopeyas colectivas e individuales encuentran su reposo final en tierras extrañas y los más jóvenes con sentido patrio buscamos, algo cansados, respuestas al designio malogrado de nuestra estirpe. En lo personal, me consuela pensar que desde mi pluma teclado dejo un testimonio, una advertencia tal vez, acerca de una de las mayores infamias que ha visto la humanidad. Y ahí radica mi orgullo y mi ofrenda a la patria perdida. Mi calle, la calle de esa foto en blanco y negro del Puente y de la Iglesia que mis padres solían mirar con lágrimas en los ojos casi a diario -cual retrato de un difunto ser amado- sigue allí, rodeada hoy de nuevas fotos en colores modernos. Yo sé bien que:
“más allá del papel,
donde se crean las imágenes,
otra calle me aguarda”
Pero, yo no puedo doblar la esquina de mi calle, si mi patria no es libre.
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