Memorias de un Parque

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Parque 5

Memorias de un Parque

Por Luis F. Brizuela Cruz

“Parque de provincia que estás
erguido entre los muertos y los vivos
Punzante en la memoria
de ausentes y perdidos
quién nace a tu resguardo
sabe tu potestad”
-del Dúo Buena Fe-

Desde hace algún tiempo navego las proliferantes redes sociales espirituanas y me sumo en recuerdos a un tiempo que mi mente, caprichosa, sigue bosquejando en blanco y negro. De nada han servido los matices digitalizados de las cámaras viajeras de este nuevo tiempo, desprovisto de causas y rebozado en gratificaciones instantáneas que a veces parecen deshonrar alguna que otra convicción pasada. Mi ciudad sigue allí, imperturbable, con ese color añejado por cuatro centurias y media de cierta inocencia que podría no ser otra cosa que una  predilección de mi psique.

Mis recuerdos siguen, invariablemente, saliendo de ese apartamento de la Calle Martí Sur, buscando la Avenida de Marcos García, que fuera trocada por “mártires” anónimos de gestas ilusorias. Una austera izquierda sobre la acera de enfrente para resguardarnos de un tráfico alegórico, en busca del parque de nuestra ciudad colonial, hecha después provincia. Mi anticipación excita el andar y la imagen se abre, con cada paso por la vereda de una cuadra larga y otra corta, como configuración de una película.

Todos los días de mí infancia y temprana adolescencia parecen llevar la misma trayectoria; aun aquellos cuando transporté mi ciudad en una maleta de madera para Pojabo, donde la sacaba de vez en cuando para deleitar mi congoja. Desde el parque tantos símbolos patrios me miran, confirmando su presencia, mientras pauso en la esquina de Los Parados. Siguen ahí el mármol del banco, los antiguos negocios a ambos lados del cine Serafín Sánchez, cuyo nombre escapó a la transición. El Progreso, convertido en biblioteca, el cine Renacimiento involucionado en Conrado Benítez. El final de los portales del Perla, haciendo orilla con el Colonial, donde mis recuerdos solo alcanzan algunos juegos de domino donde distingo a mi padre y nada más que agua y café recolado para los jugadores -cortesía de empleados sin trabajo- en los años intermedios de la década del sesenta.

Mi vista sigue su recorrido por mis memorias del parque. Me llega un olor casi imperceptible proveniente de un árbol de Majagua. Sobre la tarima de mis ensueños Luisa María Guell insiste en que “no (tiene) edad para amar” y Luis Carbonell sigue “arrullando” a su negrito: “Ninghe de mi vida, ninghe de mi amor”. Al centro, la glorieta sirve de escondite a niños circularmente sigilosos y parece aguardar por la banda que no llega. Aquel parece ser Ramiro, el Quijote de la Musaraña, a quien la revolución le cambió su instrumento por el tablero colgante de ajedrez y desde ahí nos enseñó el juego de Capablanca y de los soviéticos.

Las sillas de hierro son una costura desigual alrededor de los jardines: “no pise el césped”. Creo que nunca lo he hecho. Tampoco recuerdo haber sido jamás irreverente ante una estatua, desde que las de mi parque aprendieron a mirarme de forma inquisidora. La frialdad de las sillas en otoño no atenúa las primeras cuitas inocentes y aquel tiempo es breve y trémulo en su deleite, ante el pudor y el respeto a los mayores que acechan. Hasta la vestimenta es grata, aun en la escasez. Mi pueblo es elegante aunque envejecen los atavíos sin reemplazo y las niñas de las cuitas agotan los últimos perfumes y cosméticos de sus madres. Presumen lo que les queda de un tiempo no muy lejano cuando nadie podía imaginar que faltarían tantas cosas esenciales. Se escucha un murmullo de voces que hablan de una renovación por motivo del quinto centenario de la fundación de Sancti Spíritus. Mi alma ambulante se sobresalta ante el sonido de un idioma que le cuesta comprender. Hasta los olores son otros y, repentinamente, hay colores en los parajes inmediatos. A mi izquierda la calle Independencia es un boulevard de sueños, pero solo algunos pueden convertirlos en realidad. Los vivos caminan entre las estatuas de los nuevos muertos de renombre de nuestra historia local. Mi ciudad es ahora una ciudad de estatuas y de diversas clases sociales.

Se oye un ruido de martillos demoledores de concreto que taladran el piso del parque. Se habla de excavaciones que servirán algún doble propósito: “arqueológico” en un país donde ya hace rato se extravió la lógica y “renovador” en un país donde habría que empezar por renovar el alma colectiva de su gente. ¡Que desorden! Aquellos carnavales del verano de 1970 pueden haber marcado la transición definitiva hacia el desorden. Aquí en mi parque se vieron cosas nunca antes vistas; broncas por doquier entre locales y foráneos disputándose las escasas ofertas de los kioscos y las desprovistas tiendas y el olor de la cerveza confundido con el de orine. La gente también está confundida, pero prosigue, como lo ha hecho por ya varias generaciones. Hay que sobrevivir y ahora al menos saben cómo es la vida del otro lado de la vida. ¿O realmente saben? El peor daño causado por los lemas incoherentes ha sido entrenar a todo un pueblo al descanso, para luego fustigarlo con las tentaciones del repudiado y añorado mundo de los excesos. La gente sigue confundida, pero prosigue…

De pronto me veo arriba, en los balcones alrededor del parque que mi infancia no pudo nunca alcanzar. Creo que fueron los últimos lugares donde se parapetó la élite de nuestro pueblo para ver las carrozas de los Santiagos Espirituanos. Hay en la memoria una de esas tardes perfectas en las que yo quise subir, pero no me dejaron. Y las niñas de las cuitas reían, desde las alturas de los portales del cine Serafín Sánchez, sus últimas picardías inocentes en su ciudad natal, antes del exilio equitativo. Me parece irónico que fuera el destierro el que nos igualó. La revolución solo ha engendrado más clases sociales que nunca antes en nuestros casi quinientos años de historia. Otro irrefutable ejemplo de las contradicciones del “socialismo”.

Desde arriba distingo una figura familiar. Soy yo, que ya giro sobre mis talones para emprender el regreso a casa. El mismo camino me habrá de devolver, una vez más, al punto de partida, excepto que esta vez he tomado la vereda de enfrente para pausar en la segunda cuadra ante los veloces ajedrecistas que juegan, en una carrera innecesaria contra el tiempo, mientras cuidan alguna posta imaginaria que les encargó la revolución. Acostumbrados a la audiencia transitoria, parecen no advertir mi presencia. Gracias a Ramiro, e irónicamente  a la revolución, puedo superar la calidad de la próxima jugada en mi mente, pero no oso interrumpir. Es un juego de caballeros discretos, no como el dominó. El jugador de la izquierda ejecuta una jugada alterna y pierde su “caballo”. Indignado, se para de la silla para contestar el teléfono que suena al fondo del recinto: “Comité de Defensa de la Revolución. ¿Qué quiere?”

Me sonrío y sigo cuesta abajo. Cae la tarde y se encienden las primeras luces de mi ciudad desesperanzada y llena de parábolas. Ya falta poco para el comienzo de la Celebración del Quinto Centenario de la villa espirituana. A mis espaldas se escucha el sonido del taladro que tortura la humanidad del parque. No creo que mi ciudad, mi Cuba y mi gente vayan a estar ya jamás listas para ningún festejo.

7 de mayo de 2014

www.cubasegundomilenio.com

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