Los infames días de la transición

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Los infames días de la transición
Por Luis F. Brizuela Cruz
Ocurrió al regresar del recreo, o tal vez ya se le llamaba receso puesto que el concepto de recreación quizás ya pertenecía al lenguaje del pasado burgués, del cual debíamos alejarnos como si fuera una enfermedad contagiosa. Iris, la muchacha de pelo corto que ocupaba el pupitre delante del mío en nuestra clase de octavo grado, durante aquellos días de la Escuela en el Campo en Pojabo, levantó su mano y pidió permiso a la maestra para decir algo. Concedido el permiso, Iris emitió una declaración que dejó totalmente estupefactos a todos los alumnos de la clase, desconcertada a la profesora y a mi tan pálido como las hojas de mi libreta: “Profesora, el compañero Luis Brizuela está hablando mal del gobierno”. La maestra le dijo a Iris que “ventilaría” el asunto conmigo después de la clase y yo me sentí inmediatamente aliviado, porque confiaba que mis buenas notas y adecuado comportamiento me ayudarían frente aquel inesperado dilema. Después de la clase, la afable maestra me aconsejó que debería ser cuidadoso en mis comentarios, de haberlos hecho o no, ya que de situaciones de tal índole podía depender nuestro permiso para salir de Cuba, el cual aguardábamos por más de cinco largos años. Afortunadamente no hubo repetición del acontecimiento y unos meses más tarde, cumplidos mis catorce años, decía Adiós a mi patria, a mis amigos y hasta mis detractores, como la adoctrinada de Iris, cuyos padres eran parte de los grupos que habían “avanzado” en el andamiaje social de la nueva Cuba revolucionaria.
Durante los primeros años de esa gloriosa revolución, mi madre solía lavar en uno de dos pequeños patios que habían en nuestro apartamento de la calle Martí Sur; específicamente el que se colindaba con los vecinos de al lado, donde el cabeza de familia había sido promovido a Capitán del Ejército Rebelde por sus esfuerzos para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista. Mi vieja utilizaba aquellas sesiones de lavado, mientras yo jugaba a los soldaditos a corta distancia, para “descargar” su frustración con los adversos cambios que el nuevo régimen había traído a nuestro mundo. Su soliloquio tendía a aumentar en decibeles a medida que un desconcertador disgusto inundaba su alma y perturbaba su psique. Por las tardes, cuando mi padre llegaba de su forrajeo, el vecino capitán lo interceptaba antes de entrar a nuestro hogar y le advertía que si mi madre no dejaba de criticar al gobierno en alta voz, no le quedaría a él más opción que tomar cartas en el asunto, lo que significaba un probable arresto y algún tipo de “interrogatorio” en la oficina del G2. Mi viejo, que conocía al lacayo fidelista por años, tenía además esa facultad de poder suavizar las crisis con su amable y siempre voluntariosa disposición, dotes que le habían ganado varios “pases” a lo largo de su vida AC y DC. Periódicamente, se suscitaban  aquel ciclo de ofensas contra el castrismo por parte de mi progenitora, la reacción del vecino gendarme  y el amasamiento por parte del diplomático de mi padre. Era indispensable seguir ganando tiempo hasta que lográramos la meta de salir de aquel infierno.
Mientras la indomable de mi madre seguía haciendo de las suyas, con incidentes como el del cine Renacimiento (después de su conversión al Conrado Benitez), cuando en medio de un documental sobre la llegada de Nikita Khrushchev a Cuba y su abrazo con Fidel, mi vieja gritó: ¡“Esto es lo único que le faltaba a este sinvergüenza, ser maric.. también”!, o su total renuencia a permitirme asistir a la escuela pública por temor al adoctrinamiento comunista -lo cual ponía en serio peligro nuestra salida- mi viejo arriesgaba a diario ser cuestionado acerca de su status ocupacional y sospechosa condición de “vago” en medio de una sociedad que alardeaba de estar ya exenta de ausentismo y holgazanería.  Con la abolición del deporte profesional en Cuba por parte del gobierno fidelista, mi padre había perdido su sustento, que había dependido por décadas de la coordinación de carteleras boxísticas y de lucha libre (pagadas) en Sancti Spiritus y a través de la isla. Recuerdo que en dos ocasiones vinieron por él, lo mantuvieron detenido y bajo interrogatorio por días que resultaron interminables para la familia, hasta que fue dejado en libertad gracias a sus buenas relaciones con muchos de sus interrogadores, quienes habían sido amigos de antaño, cuando el odio no se había apoderado aun de nuestra población.
Cada paso nuestro, cada movimiento -y el de cada ciudadano cubano- llevaban algún tipo de escrutinio. El vecino más cercano se convirtió en espía y muchos de los que creíamos amigos pasaron a ser nuestros acusadores. Todos parecíamos vigilarnos mutuamente; algunos de forma defensiva y otros para cumplimentar una “labor revolucionaria”, luego de haber ofrendado su comprometedora lealtad a la descabellada revolución. Casi todos éramos ahora agentes de uno de los más espantosos experimentos sociológicos en la historia del hombre.  El macabro plan se conducía a la perfección y se llevaba a cabo la irreversible transformación de una alegre sociedad hacia una sui generis abominación que sellaría la suerte de varias generaciones. El germen que posiblemente yacía dormido dentro de las entrañas de un pueblo destacado por su perspicacia, pero también por su exuberancia  y obsesión de protagonismo, recibía su premeditado estímulo por parte de un sistema que aplicaba todas las teorías de divisionismo y cizaña, como artefactos para la dominación total de una cultura.
Las secuelas de la epidemia engendrada por el castrismo comunismo hoy son evidentes por doquiera que han sido dispersos los cubanos a través del planeta y cada generación arrastra consigo, consiente o inconscientemente, todas las virtudes de una estirpe que una vez encabezara la lista de progresos sociológicos -apareada incluso a diversas potencias mundiales- pero también los estigmas del horrendo cáncer fidelista. Los ejemplos personales citados sobre el desconsolador proceso que nos transformó como cultura y sociedad posiblemente palidecen en comparación frente a las penurias y martirios de muchos que hoy leen mi testimonio; los que sufrieron vejaciones y ultrajes físicos o emocionales durante aquellos infames días de la transición, cambiando sus vidas y costumbres de forma trágicamente irreversible. 
untitledFoto del blog de Iván García

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