Los Buenos y los Malos

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Los Buenos y los Malos

“Yo de mi tierra soy fruto que creció con la sequía”  -“Soy”, de Julio Iglesias-

Por Luis F. Brizuela Cruz

Creo que no existe una dicha mayor para un niño que saber distinguir desde temprana edad la diferencia entre los “Buenos y los Malos”. Aquellos padres, familiares, guardianes  o tutores que logran encausar de manera clara y prudente a sus pequeños, dentro de los parámetros que justamente definen el bien y el mal, son merecedores de las mayores alabanzas y reconocimientos. Su labor no solo lanza hacia el infinito la prolongación de la vida en su mejor comportamiento, sino que casi garantiza una incesante sucesión de virtudes de ser a ser, donde acaso podría radicar la eterna esperanza para la humanidad.

Pero, ¿Cómo saber diferenciar entre el bien y el mal lo suficiente para poder legar tal educación a las generaciones venideras? ¿Cómo poder ser el precursor de esa secuencia emancipadora y divina si la realidad imperante parece contradecir nuestras mejores y más nobles intenciones? ¿Cómo discernir entre la niebla que a veces ofusca nuestra visión y desafía hasta el mismo sentido común? ¿Cómo sugerir la acción de justicia y bondad, si vivimos en un mundo lleno de injusticias y egoísmo?

Tuve la gran fortuna de ser criado por unos padres y una tía que concentraron la mayor parte de su esfuerzo en señalarme el camino del bien sobre el camino del mal. Aquellos que no saben mi trayectoria, podrían simplemente atribuir mi suerte a la elemental circunstancia que engracia a muchos –lamentablemente no a todos- de haber nacido dentro de una buena familia y en tiempos buenos. Sin embargo, a pesar de que en efecto la familia era humilde, pero de principios, los tiempos no eran los mejores. Hoy retrospectivamente reconozco la total magnitud de la labor de mis progenitores y muchos de sus contemporáneos, cuando lograron crecerse sobre la adversidad de una época y extrañas circunstancias que no solo modificaban la forma de vida de un país, sino que los fueron obligando a la adaptación, al reajuste de sus acciones más cotidianas, a sobrevivir y a tratar a toda costa de preservar la capacidad de ser guías para los que veníamos detrás.

Fundamentalmente es bueno todo aquello que no interfiere con el bienestar ajeno. Es así de simple, aunque el ser humano ha persistido, desde tiempos milenarios, en hacer extremadamente complicada la fórmula de la armonía y la coexistencia. Las características y tendencias que ensombrecen y afligen la entidad humana son representadas bajo vocablos como odio, venganza, avaricia, envidia y obsesión de poder. Si no existieran estas calamidades en la constitución mental, emocional y espiritual del hombre, ninguna de nuestras acciones infringiría los preceptos o los que algunas religiones identifican como mandamientos para una honrosa y benévola existencia. Analizar minuciosamente si la acción que estamos contemplando tomar podría de alguna forma traer detrimento a otros debería ser la guía necesaria para detener o modificar dicha acción. Preguntarnos si aquello que estamos pensando llevar a ejecución habrá de conllevar a un resultado que a nosotros mismos no nos agradaría -si se llevara a cabo contra nuestras personas- debería ser suficiente para reconsiderar nuestro proceder. Desafortunadamente no es así. No lo ha sido desde el principio de los tiempos y de ahí se deriva nuestro incesante y atropellado afán de descifrar la trama del bien y el mal. Nuestro complejo mundo de hoy ha exacerbado el debate e intensificado la confusión acerca de aquello que es justo o injusto; llegando a polarizar las diversas facciones que claman certitud en sus convicciones, casi hasta el punto de un irreconciliable desacuerdo que en ocasiones parece sugerir un fatídico desenlace para la humanidad.

Si echamos un vistazo alrededor encontramos un planeta donde, después de tantos siglos de aparente evolución, todavía se cometen crímenes atroces en nombre de alguna fe religiosa o de una ideología política. Vemos gobiernos que se aferran vehemente al poder y sacrifican el bienestar de la mayoría, muchas veces con el falso pretexto de ayudar a una minoría, ya que lo que realmente pretenden es afianzar su poderío y enriquecer su limitado círculo de leales seguidores y familiares. Utilizan a las masas ingenuas, ofreciéndoles lo que en nombre de justicia social habrán de quitarle no solo a los privilegiados de cuna, sino también a los que han logrado superarse con su esfuerzo y tenacidad, incitando, por ende, a sus adeptos al odio, la venganza y la autodestructiva dependencia. Nos dejan perplejos las salvajes luchas sectarias, que casi no comprendemos, entre grupos de común origen, cuyas únicas diferencias radican en la interpretación de una fe hacia una divinidad, la cual, de existir, no podría jamás mirar con buenos ojos las fechorías de sus seguidores. Hemos visto en tiempos recientes niños y niñas reclutados por este tipo de barbarie para llevar a cabo los crímenes más atroces, promulgando y perpetuando el salvajismo y el horror dentro de nuevas y futuras generaciones. Por último, hemos presenciado como países emergentes parecen exculparse del acatamiento de todo tipo de código para la preservación del medio ambiente, mientras que organismos internacionales denuncian y arremeten contra las naciones que invierten esfuerzo y recursos para proteger al planeta.

La compleja naturaleza del ser humano hace casi imposible la unanimidad en la manera de percibir los eventos que se suscitan a diario a través del mundo. Siempre existirán los que se darán a sí mismos como afectados por las acciones y maniobras de los que son o parecen ser más poderosos. Listos, siempre al acecho de estas oportunidades, están entonces los que las utilizan para vilificar al de arriba, mostrando simpatía hacia el de abajo. Estos predadores de la conciencia y vulnerabilidad de las masas ocultan con frecuencia sus verdaderas intenciones de llegar a tiranizar a sus víctimas de formas que hacen después palidecer, comparativamente, las imposiciones de los primeros poderosos.

Los ejemplos abundan por doquier y en diversas escalas. A lo largo de América Latina, la historia demuestra que las poblaciones subyugadas por áridas dictaduras militares o de derecha han sucumbido posteriormente bajo totalmente incapacitantes tiranías comunistas que han hecho lucir las infamias de sus predecesores como juegos infantiles. Con el advenimiento del nuevo milenio, la metodología puede haber cambiado, tornándose más sutil mediante transiciones inicialmente democráticas que una vez efectuadas, han mostrado al resto del mundo las verdaderas intenciones de los supuestos emancipadores de las masas afligidas. Tales transiciones han sido inicialmente vanagloriadas como “El Socialismo del Siglo 21”, pero su desastrosa metamorfosis ha ido dejando un manto de destrucción y mayor confusión dentro de los países sujetos a dichos experimentos.

El área del medio oriente es otro ejemplo de como “el remedio ha resultado peor que la enfermedad”. Varios sistemas dictatoriales con tendencias occidentales se han venido quebrantando desde  la segunda mitad del Siglo XX, abriendo las puertas para el retorno al fundamentalismo islámico, en la mayoría de los casos revertiendo las diversas sociedades a las herméticas y radicales formas de siglos anteriores. Estos cambios, altamente combustionados por el fanatismo religioso, han despojado a las mujeres y a otros grupos de los logros obtenidos, creando un totalitario y despiadado ambiente social bajo el concepto del califato y la ley sharia. El mundo en su totalidad es hoy más volátil e inseguro como consecuencia directa de esta postura involutiva que afecta, irónicamente,  a muchas regiones de la supuesta “cuna de la civilización”.

Nuestro sui generis caso cubano continúa siendo uno de los mejores ejemplos de como una situación incómoda y adversa pasó no solo a ser la casi total descomposición de una cultura, sino el desacierto de una sociedad que hoy no encuentra su brújula y básicamente tantea entre las confusas opciones que le depara su destino incierto. Aferradas esencialmente a una lucha por la sobrevivencia durante más de medio siglo, despojadas de todo tipo de convicción sociopolítica y -ya por inevitable consecuencia- ajenas a muchas de las más elementales normas de conducta y ética social, varias generaciones de cubanos a partir de la hecatombe castrista hoy tornan sus desorientadas mentes hacia la esperanza propuesta por un convenio entre la cúpula comunista de la isla y la administración de visiones socialistas de los Estados Unidos. Los más entendidos, quienes hoy se manifiestan dentro de la atropellada sociedad cubana en calidad de disidentes y opositores del imperante sistema, parecen pasar casi inadvertidos para el resto mayoritario de una población que, instintivamente, solo aspira a equipararse al mundo material del cual fue privada hace seis décadas. Resulta profundamente triste y desconsolador que pueda llegar a ocurrir una transición que permita a los responsables destructores de una cultura permanecer al mando de la misma. Cualquier observador con un ápice de sentido común consideraría una abominación negociar con los culpables del cataclismo antropológico cubano, pero más horripilante aun es la infamia de aceptar que sean estos quienes marquen los parámetros de cualquier negociación presente o futura. La incapacidad de interpretar este casi incomprensible fenómeno no es otra cosa que la evidencia más contundente de la confusión que crea un detrimento sociológico sostenido por varias generaciones, donde las víctimas ya han nacido desprovistas del juicio necesario para comprender de manera clara y determinante el maquiavélico proceso que los ha llevado a su actual condición social.

El caso cubano es posiblemente uno de los mejores ejemplos de la distorsión que puede crearse entre las líneas que demarcan los preceptos fundamentales del bien y el mal. Pobre de una sociedad donde la vasta mayoría de sus niños no son ni siquiera orientados por sus mayores acerca de quiénes son verdaderamente los buenos y quienes los malos.

Ying & Yang


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