Los Bolcheviques de 2017

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Los Bolcheviques de 2017
Luis F. Brizuela Cruz
El diverso grupo de mujeres y hombres que escoltaban a la Primera Familia solo tenían en común armas de fuego, largas y cortas, y un odio superfluo marcado en sus rostros. En algunas de sus miradas había rasgos de ignorancia y en otras de enfermiza vehemencia. Sus atavíos denotaban una gama compleja de causas y razones; algo así como desde cierta militancia hasta aspectos carnavalescos. Vulvas, boinas y camisetas con efigies de brazos en alto completaban un aspecto de circo mórbido y a la vez contrastaban con la impecable estoicidad de la vestimenta de los reos. Al arribar a la lujosa mansión en las montañas, el mulato delgado y de voz acústica ordenó a los miembros de la Primera Familia que abrieran la magnífica puerta del recinto y entraran. El pelotón siguió al grupo familiar que encabezaba el rubio patriarca. Momentos más tarde, los espeluznantes sollozos y alaridos de la familia quedaban silenciados por la metralla y los salteados disparos de las armas largas y cortas. Los cuerpos de las víctimas quedaron inertes, amontonados en su elegancia póstuma. La imagen más lastimera era la del más joven de los “reales modernos”, el niño cuya enfermedad en vida había sido motivo de curiosidad y mofa en aquellos tiempos anárquicos.
Nuestros sueños y pesadillas hilvanan realidades vividas y aprendidas. Dan rienda suelta además a la más rauda de nuestras capacidades: la imaginación. Son el espejo, con frecuencia abstracto, de nuestro vivir y padecer. Pueden distorsionar la esencia de nuestras vivencias, pero postreramente nunca falsearla. Representan nuestra virtuosa e individual manera de digerir los alimentos, predilectos o impuestos, de los que se nutre jubilosa o renuente nuestra memoria.
El párrafo inicial de este ensayo no es nada más que la recreación en un sueño (o pesadilla) de las inquietudes de un observador del estado actual sociopolítico de los Estados Unidos de América. Coincide, sin embargo, con realidades consumadas hace un siglo, cuando el mundo presenció el triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia que habría de traer tanta muerte, pena y desolación a los mismos que clamaba precisamente representar y rescatar de las garras del tiránico Zar y su familia real. Las diversas huestes de izquierda en nuestra actualidad se confabulan -con maquiavélica premeditación o ingenua integración- para estructurar una escalofriante mímica de lo que habría de oficialmente materializarse en 1917. Nuestro 2017 ya tiene en su lugar, magistralmente enarbolado, el bolchevismo de nuestros tiempos. Tiene además, inesperadamente y para su desconsuelo, el sujeto contra quien desatar su odio ancestral, en la figura más improbable: el Presidente Donald Trump y su familia. A diferencia de la dinastía zarista, el núcleo de los Trump podría ser una reacción a una acción, irónicamente “progresista”, contra males sociales paradójicamente preconcebidos por una febril sociedad indulgente y aburrida.
El socialismo/comunismo ha penetrado, de forma casi irreversible, nuestro moderno andamiaje social y lo más altamente peligroso es el hecho que son muy pocos los que comprenden o se atreven a definir y nombrar el mal que se cierne sobre todos nosotros y que habrá de transformar y destruir nuestra forma de vida, tal como hizo con Rusia -posteriormente la fracasada Unión Soviética- hoy llena de secuelas e indirectamente aun gobernada por los descendientes de Lenin y Stalin.
El triunfo legal y oficial de Trump por la presidencia, en acorde con el sistema de voto electoral establecido en los Estados Unidos hace más de un siglo, sirvió para truncar la marcha inexorable de la versión estadounidense del Socialismo del Siglo XXI –proclamado así y posteriormente malogrado por sus propios creadores en varios países de América Latina y Europa. Mecanismos solapados detrás de ficticias democracias, una vez en el poder, han tratado repetidamente de alterar los sistemas de gobiernos y hasta las constituciones de los países donde este socialismo presentado como “ligero” ha sido ensayado. La firmeza de algunas estructuras constitucionales y cierto despertar de los pueblos han impedido en algunos casos la conversión total de las asediadas culturas hacia el objetivo final de los proclamados socialistas: el comunismo ineficaz e incapacitante, contradictorio en todos sus aspectos a la naturaleza del hombre. Sin embargo, la persistente influencia de esta incoherente ideología no cesa de buscar nuevos métodos y estrategias de infiltración, incluso en las sociedades aparentemente más evolucionadas.
Desde la revolución social de la década del sesenta, cuando la sociedad estadounidense encontró la primera generación de americanos sin un rigor significativo en sus vidas, el socialismo y el comunismo en los Estados Unidos no han mirado casi nunca hacia atrás. Escasos momentos de momentánea rectificación se han visto durante tal periodo como la contrarrevolución socioeconómica de Ronald Reagan y alguna que otra exaltación de patriotismo colectivo como la reacción a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, pero por lo general la tendencia gubernamental estadounidense en las últimas seis décadas ha sido, fundamentalmente, ceder a la voluntad de una decadente sociedad liberal. A través de la sucesión de gobiernos -supuestamente de izquierda y derecha- los líderes han aceptado jubilosos o han optado por ignorar el avance de una agenda socialista de dependencia en el estado paternalista y han contribuido a la proliferación de una cultura de condescendencia y continuo afán de igualar el terreno de juego, aun poniendo en riesgo la capacidad creativa y competitiva del ser humano. Políticos en ambos lados se han acomodado en posturas de complacencia, con el fin de preservar el statu quo y mantener sus privilegios individuales dentro del engranaje de la nueva sociedad americana.
Esta decadencia habría de culminar con la elección, dos veces, del individuo que representaría la antítesis de todos los principios y fundamentos de la sociedad norteamericana desde su incepción: Barack Obama. Este hibrido sujeto seria seleccionado por los globalistas de derecha e izquierda estadounidenses para tratar de sellar la modificación de la cultura americana de una vez y para siempre. Aguardando en el proverbial “circulo de espera” permanecería la versión mujer de los Clinton, habiéndole prometido que su avaricia y deseo de desquite quedarían complacidos, siempre y cuando su misión de presidente estuviera limitada a preservar los parámetros socialistas/comunistas establecidos por Obama.
Sin embargo, a pesar de una derrota en el voto popular -la cual habría de revelar cuan avanzados ya estaban los planes del socialismo/comunismo estadounidense- un substancial segmento de la población habría de concederle el apoyo necesario al más improbable de los candidatos para obtener un triunfo por vías del voto electoral. Preciso es exaltar la sumamente probable realidad de que ninguno de los otros candidatos conservadores durante la contienda primaria hubiera podido vencer a Hillary Clinton por la presidencia, aun con el desastroso expediente de fabricada Senadora y Secretaria de Estado. En la sorpresa más grande de la historia de la joven nación y por primera vez en décadas quedaban arruinados, por lo menos temporalmente, los planes de ingeniería social de la izquierda nacional e internacional. El controversial y excéntrico millonario hombre de negocios, Donald Trump obtendría la presidencia y este singular evento habría de desatar la más intensa contraofensiva por parte de las huestes socialistas/comunistas/globalistas dentro y fuera de los Estados Unidos. Al llamado del bolchevismo moderno, se integraba la masa siempre “ingenua” para tratar de disolver la inesperada intrusión de un forastero en el universo confeccionado por la insensatez, insensibilidad y avaricia del Nuevo Orden Mundial.
Los métodos a emplear serian múltiples, diversos y perversos para descarrilar el tren que portaba un mensaje contradictorio y el cual había prendido la mecha remanente de patriotismo y aspiración autosuficiente dentro de la sociedad estadounidense. La izquierda activaría sus falsos líderes comunitarios, entraría en contubernio con los medios de difusión mayoritariamente a su servicio, pretendería defender al foráneo y reprochar al ciudadano, clamaría desigualdad por motivos de racismo, género y status migratorio. Todas las fobias serian expuestas para congraciar a una sociedad desinformada -o realmente inafectada- con lemas y exhortaciones hacia un desagravio instintivo contra el abruptamente cambiante establecimiento.
Los nuevos bolcheviques hoy llevan a cabo su destructivo plan, pero a la inversa, contra una sociedad que ya había alcanzado altos niveles de progreso en prácticamente todos los planos. Recurren y apelan a los instintos más animales del ser humano para fomentar su campaña de destrucción moral y cívica de la juventud; como se ha visto evidenciado por las turbas en sus protestas que causan millones de dólares en pérdidas dentro de las mismas comunidades donde viven, mantenidos por la asistencia pública. Cabecillas ideológicos o pagados por fortunas como la del saboteador socioeconómico, el billonario George Soros, utilizan a la masa desorientada en los lugares problemáticos donde gobiernan principalmente administraciones locales demócratas para crear el caos social. Cien años después de la instauración oficial de la ideología que habría de contaminar al globo terráqueo como la peor de las epidemias y la cual parecía aniquilada, sus nuevos emisarios reviven sus descabelladas doctrinas y reanudan, con alarmante eficacia, la auténtica “explotación del hombre por el hombre.”

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