Las renuencias que nos sentencian

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Las renuencias que nos sentencian
Por Luis F. Brizuela Cruz

Hace unos días me llamó la atención un comentario que hizo un analista en la televisión: “la izquierda insiste en secularizar todas las facetas de la vida cotidiana y por ende queda limitada a politizarlo todo; mientras que la derecha, por lo general, dispone de dos opciones: política y religión -o creencia en Dios”. De ahí provienen el ligeramente más elevado grado de tolerancia de la diestra y la mayor intransigencia de la siniestra. La vehemencia con la que la izquierda estadounidense se ha opuesto al triunfo de Donald Trump y a la transición civilizada de poderes claramente denota su casi enfermiza austeridad de pensamiento y razonamiento.

Cabe destacar que en los sumamente bien elaborados planes del liderazgo de la izquierda estadounidense nunca figuró el asalto que el candidato conservador troglodita asestó contra su imperturbable marcha de ingeniería social socialista y este inesperado fenómeno sociológico ha exacerbado las tensiones y la renuencia del liberalismo americano en aceptar el proceso tradicional sociopolítico. Pero de renuencias y de obstinaciones está empedrado el sendero común de la humanidad (derecha e izquierda) y ahí radica, desconsoladoramente, nuestro atraso antropológico colectivo.

En diciembre del 2014, el ahora presidente saliente Barack Obama pareció premiar no solo a la dictadura castro comunista de la isla, sino a millones de cubanos con aspiraciones de acercarse al relativo mundo de la “normalidad”, creando aperturas sin precedentes durante la larga etapa de hostilidad entre la Habana y Washington. A pesar de la contundente evidencia de la unilateralidad de las negociaciones, el cubano de la isla y el exiliado “híbrido” en la diáspora (lo hay de todas las etapas del éxodo cubano) celebraron el desigual acuerdo, en un entendible despliegue de ansias de gratificación inmediata e indudable miopía sobre lo que habría de tornarse en un decepcionante futuro no muy lejano.

Durante los siguientes dos años miles de cubanos se dispersaron por el mundo, utilizando diversos países como puentes migratorios que eventualmente habrían de traerlos a los Estados Unidos, amparados con la “privilegiada” enmienda del privilegio de exilio político conocida como “pies mojados, pies secos”. Los más afortunados lograron su objetivo y arribaron a tierras estadounidenses, mediante vuelos legales o contrabandeados, otros cruzando fronteras y otro grupo incurrió riesgos mayores lanzándose al Estrecho de la Florida, alentado por la certeza que, de sobrevivir la travesía y pisar suelo americano, su status exclusivo le garantizaría permanencia legal en los Estados Unidos.

La inesperada victoria de Trump en noviembre del pasado año perturbaría lo que hasta ese momento fuera la colosal maquinaria de trasformación sociológica de las huestes progresistas liberales estadounidenses, enviando a sus cabecillas en busca de cualquier tipo de opción -por muy contradictoria o retrógrada que esta resultara- con el fin de impeder o afectar los cambios que el triunfo del candidato improbable podría traer al espectro sociopolítico en los Estados Unidos. Sorpresivamente, Barack Obama eliminaría la ley de “pies mojados, pies secos”, dando al traste de inmediato con los planes de miles de cubanos varados por doquier.

Los mismos cubanos que habían glorificado, simpatizado y hasta votado por Obama serían unas de las primeras víctimas de las desesperadas maniobras por parte de la izquierda norteamericana, en su caprichoso intento de descarrilar la presidencia de Donald Trump. Obama cumplimentaba múltiples tareas: fomentaba su ideológica adulación hacia el gobierno de la isla cautiva, avanzaba su agenda y legado de ingeniería social socialista en los Estados Unidos y castigaba, de manera general, a los cubanos que en estas últimas elecciones no habían apoyado a los demócratas, a pesar de haberlo respaldado a él, considerablemente más, en sus dos términos.

Queda por ahora la incógnita de como el presidente entrante Trump habrá de manejar los asuntos cubanos y –conociendo nuestra idiosincrasia- no debemos asombrarnos si en la interpretación de muchos de nosotros, dentro de un año o dos, Trump sea el causante de todas las calamidades previas y postreras que nos afligen. Después de todo, han sido nuestra negación a identificar acertadamente la raíz de nuestros males, nuestra escasa visión y desmesurada exuberancia lo que nos ha sentenciado a ser nómadas eternos, despojados de patria y en perpetua búsqueda de nuestra identidad colectiva. Nuestra renuencia a colocar la culpa donde corresponde, ofreciéndole ambivalentes juicios al castrismo comunismo, posteriormente fallando en reconocer la verdad ideológica que ha movido y mueve al presidente más socialista en la historia de los Estados Unidos sigue clamando por consecuencias que nos habrán de castigar hasta que incurramos en una total rectificación de nuestro consenso como agrupación humana.BBqKeVA


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