La Tradición es el Alma de los Pueblos

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La Tradición es el Alma de los Pueblos

Por Luis F. Brizuela Cruz

Se ha dicho que “la música es el alma de los pueblos”. En estos tiempos de tanto afán por la inclusión yo preferiría decir que la tradición es, en su totalidad, el alma de los pueblos. Un pueblo que se aleja, o es forzado a abandonar sus costumbres o celebraciones, pierde no solo su identidad, sino que también gran parte de su humanidad.

Durante esta época en que muchos observamos las tradicionales fiestas de Noche Buena, Navidad, de Fin y Comienzo de Año y la llegada de los Reyes Magos, intercaladas por las celebraciones judías y en tiempos más recientes  -de mayor formalidad y sensibilidad  socio política- por los festejos de diversas etnias, es apropiado repasar el significado y relevancia de aquello que comúnmente llamamos “costumbre”.

Las tradiciones festivas de un pueblo pueden o no estar vinculadas a sus creencias y prácticas religiosas, pero por lo general acaparan el fervor y la entrega de los habitantes del lugar como puede ser capaz una fe o denominación. Sirven, al igual que la adoración de cualquier deidad, para encausar los mejores hábitos de todas las sociedades civilizadas y para exaltar simultáneamente el colorido y la nobleza que estas tengan para ofrecer al resto del mundo.

Nací en 1957, en la entonces ciudad de Sancti Spíritus (ahora provincia), de la otrora provincia de Las Villas, Cuba y mis recuerdos con conciencia datan de los primeros años después del triunfo de la revolución fidelista en 1959. Hijo único de un padre religioso de escasas apariciones por la iglesia y de madre agnóstica, tuve el privilegio de un balance que me permitió desarrollarme más o menos de acuerdo a mi propia intuición, siempre resguardado y orientado por mis padres y tía  hacia un sentido de justicia y piedad, como base fundamental de mi existencia. Tengo vagos recuerdos, sin embargo, de otra faceta de mi niñez que enternecía ya desde entonces mi corazón, alentaba mis días infantiles y hasta me permitía soñar fantásticas realidades que mi mente curiosa bosquejaba a su predilección. Este aspecto de mi vida se manifestaba anualmente con la llegada de las festividades de la Noche Buena, Navidad, Despedida y Bienvenida del Año y por supuesto los añorados Reyes Magos. Mis primeras experiencias con esas tradiciones estaban colmadas de una dicha contagiosa, el entusiasmo del inocente asombro y hasta cierta relativa abundancia de agasajos y regalos. Había una expectativa cíclica de ese instante en que mis padres y tía desempolvaban los adornos de Navidad, se decoraban el tradicional arbolito y otras partes del interior y exterior de la casa y se encendían mágicamente las luces de la temporada. Era prácticamente un mes de regocijo, donde se engavetaban las penas, se enarbolaban los mejores sentimientos humanos como el don de dar y recibir y parecía que la humanidad alcanzaba, al menos por un breve y simbólico momento, su óptima capacidad fraternal y bondadosa.

Casi con exactitud recuerdo el año que se fueron apagando las luces. Debe haber sido en 1965. Noté una extraña complicidad de pereza en mis mayores al llegar la época. Por primera vez advertí la disminución de las decoraciones en los escasos negocios de la ciudad. Tal vez ya iban desapareciendo desde años anteriores, pero no me había dado cuenta. Después me explicaron que muchos de los antiguos dueños de aquellos comercios se habían marchado al exilio y supe lo que significaba esa palabra. Poco tiempo más tarde nuestro núcleo familiar comenzó los trámites para salir de la patria subyugada y sometida por descabellados y caprichosos intereses que llegarían a quedar eventualmente definidos como una larga y empobrecedora dictadura comunista.

En la escuela se fueron reduciendo las menciones de los símbolos de la temporada, hasta que solo quedó la referencia genérica del fin de año e inicio del próximo, recibido y bautizado con alguna consigna comunista que habría de marcar la pauta de las cursis e ineficaces premisas del gobierno para los próximos doce meses. La tradicional Noche Buena se convirtió en un complicado proyecto al aumentar la escasez de los alimentos típicos que adornaban la mesa de cualquier familia cubana, de cualquier nivel social, hasta solo unos años atrás. Con la intervención de los negocios privados, la dificultad en la  adquisición de artículos de regalo dio al traste con los efusivos intercambios navideños y los Reyes Magos vieron como las alforjas de sus camellos se fueron quedando cada vez más  vacías con la llegada de cada 6 de enero.

Recuerdo que se me permitía visitar cada diciembre las casas de dos o tres familias que habían venido para la ciudad desde los campos adyacentes con el triunfo de la revolución, premiadas por su aporte y apoyo durante la gesta fidelista. Con las autonomías otorgadas por el gobierno y  las implícitas relaciones que estas familias mantenían con los remanentes de la otrora abundante agricultura y ganadería cubana, en sus casas aún se disfrutaba el clásico lechón y otras delicias típicas de las festividades de la época. Se mencionaba poco, sin embargo, el significado de los festejos; como si parte del derecho a poder aun efectuarlos consistía en eliminar cualquier tipo de vestigio del pasado tradicional y religioso cubano.

Y se apagaron más luces. Y se hizo más difícil aún, casi imposible, hasta para los nuevos privilegiados del sistema conseguir lo esencial para la mesa de fin de diciembre. Con la incomparable capacidad de despilfarrar e inigualable incapacidad de reponer del comunismo, fueron muriendo las tradiciones y los ánimos de lo que había sido una pujante y alegre sociedad. Refugiados detrás del falso pretexto de un bloqueo y bajo el ineficiente subsidio y doctrina secularista marxista-leninista de la Unión Soviética, los ineptos y avariciosos líderes de la revolución fidelista prosiguieron su despiadada marcha hacia el exterminio total de los valores morales y culturales de la isla esclava. Con el paso de las generaciones ya nacidas bajo el maniático régimen castrista -despojadas de tradición y religión- se fue haciendo cada vez más fácil reprogramar a sus hombres y mujeres hacia el camino de la apatía y la desidia.

Como solemos hacer cada diciembre de nuestro exilio -verdaderamente político- mí esposa y yo escogemos una noche para recorrer muchos familiares parajes del noreste estadounidense. El propósito principal de estos recorridos es disfrutar el magnífico despliegue de tradición, iluminación y colorido de esta nación tan diversa y por ende tan grandiosa, que por siglos ha unido gentes de infinidad de culturas bajo los sublimes preceptos de libertad, respeto, individualismo, pero sobre todo tradición. Nos pareció como que habían mermado algo las luces en nuestra trayectoria de esta temporada. Tal vez los problemas económicos que afligen a muchas familias en los momentos actuales han causado algún desanimo. Quizás ese nuevo afán de inclusión y meticulosa revisión y análisis de muchas triviales sensibilidades ajenas, que hoy perturban a los nuevos americanos,  ha llevado a que no se exhiban excesivamente los símbolos de una noble y universal creencia. Puede que, como sociedad, estemos cayendo inadvertidamente bajo el influjo de áridas e insensatas ideologías que dedican incalculables cantidades de recursos y tiempo para lograr la trasformación de nuestra cultura tan sanamente tradicional. De cualquier forma, nuestro regreso a casa no traía la revitalizada energía y positivismo de años anteriores, pero la iluminada guirnalda y los dos arbolitos que sirven de pórtico a nuestra morada nos devolvieron el ánimo. La noche estaba clara, con un cielo estrellado. Nos percatamos de una estrella más fulgurosa que las otras, que un amigo entendido en esas cosas dice a veces que es Venus. A nosotros nos pareció esa estrella de las historias convertidas en tradición que cuentan de un lucero que iluminaba, tal vez simbólicamente, el camino de tres astrólogos de diferentes etnias en busca del lugar donde había nacido un niño que la misma tradición alega era emisario de Dios.

Reyes Magos

Foto Imaginativa: Los Tres Reyes Magos regresan a las calles de mi pueblo, Sancti Spíritus (Tomada de la página social de Facebook, Sancti Spíritus, Mi Ciudad).


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