La Paradoja Política Cubana

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La Paradoja Política Cubana
Por Luis F. Brizuela Cruz

Mucho se ha dicho a través de los años sobre este contingente relativamente pequeño de personas, procedentes de la isla más grande del Caribe y en tiempos recientes dispersos por todo el planeta.
Se ha dicho, y la historia lo atestigua, que los cubanos son capaces no solo del progreso, sino que también de audaces logros. Ingeniosos, rápidos y exuberantes son características usualmente encontradas en la gran mayoría de los cubanos. Es posible que un cubano de a pie pueda, intuitivamente, anticipar las respuestas a preguntas que no han sido aun plenamente formuladas. Y es también posible que ese mismo cubano de a pie tenga hasta un ápice de certitud en su preconcebida noción.
Nosotros los cubanos, sin embargo, estamos marcados con otro rasgo que estaría mejor oculto, en vez de expuesto al entendimiento de otros. De manera general, hemos sido, somos y probablemente seguiremos siendo políticamente ineptos. Esto podría sonar sorprendente para muchos, dentro y fuera de la comunidad cubana, si tomamos en consideración el éxito histórico de muchos cubanos en la política; culminando con las varias distinguidas personalidades que en la actualidad integran el paisaje político de nuestra tierra adoptiva, los Estados Unidos de América. No me estoy refiriendo a esos políticos que nos enorgullecen con sus logros, habiendo necesitado solo una o dos generaciones para ser parte de la estructura social más grandiosa que han concebido mentes humanas.
Mi consternación es con relación al intelecto político del cubano de a pie; ese individuo que una y otra vez, históricamente, ha fallado en ver y entender acertadamente las verdaderas intrínsecas intenciones de aquellos que le han gobernado. Perpetuamente inconformes con cualquier forma de gobierno durante la media centuria de república en nuestra tierra, autodenominándose “apolíticos” al verse arrinconados -como para evadir responsabilidad ante los fracasos del país- una inmensa mayoría de cubanos se lanzaron detrás del incoherente discurso de un agitador universitario, disfrazado de abogado, posteriormente entregando la patria a su dictadura maquiavélica.
La historia tiene la fascinante peculiaridad de repetirse y existen pocas culturas que aprenden con los errores del pasado. La comunidad cubana de los Estados Unidos no es una excepción de esa regla social, es en todo caso una colosal manifestación de esa deficiencia humana. En el 2008 y en el 2012, olvidadizos de la historia, muchos cubanos de varias generaciones volvieron a decidir seducidos por la demagogia y más que todo por sus tendencias noveleras; otorgando su voto a otro agitador universitario, posteriormente convertido en abogado (contradictoriamente constitucionalista), “desorganizador comunitario” y senador estadounidense de expediente preñado de abstinencias y turbias asociaciones (terrorista Ayers, radical izquierdista Alinsky, anti americanista Reverendo Wright, por mencionar solo algunos) medio siglo después de entregarle la patria a un maestro del engaño y la mentira. El resultado, una vez más, ha sido catastróficamente obvio.
En un nuevo año de elecciones presidenciales en los Estados Unidos y frente a opciones que dificultan enormemente una decisión plenamente convincente, los cubanos de esta diáspora nos proyectamos quizás más ambivalentes que nunca antes en nuestra penosa historia política. Sin embargo, lo que resulta innegablemente desconcertante y contradictorio es la elemental incapacidad de un gran número de compatriotas en poder relacionar los fundamentos de las plataformas y el historial personal y político de los candidatos con las raíces del mal que nos cambió y que nos ha disminuido como cultura. Dicha contradicción no tiene nada que ver con lo que muchos suponen debería ser una preconcebida lealtad para con el bando que se inclinara (vagamente) a contrariar los planes y lemas de la dictadura cubana durante más de medio siglo. Tampoco debemos atribuirla o pretender explicarla con el gastado cliché del repudio automático contra el partido de John F. Kennedy, cuya timidez o secreta convicción pueda haber impedido un revés en el curso de ciertos eventos históricos.
La paradoja en el sentir y pensar sociopolítico de nosotros los cubanos radica en la simple inhabilidad de emplear el sentido común a la hora de decidir nuestras preferencias. Todo aquello que guarde aunque sea una remota semejanza –o que podamos asociar de cierta forma- a las causas de nuestro perpetuo y desconsolador estado nómada debería ser rechazado, por principio, intuitiva e irrefutablemente. O, ¿es que pretendemos –después de nuestra experiencia- que el resto del mundo corra similar suerte? ¿Podrían ser acaso tan agudos nuestro egoísmo y nuestra miopía cosmológica?
Sigue siendo altamente improbable que los cubanos hayamos aprendido la repetida lección que ya persigue a varias generaciones. A pesar de todas nuestras virtudes y logros, nosotros los cubanos estamos marcados con una tara peculiar en lo que respecta a política y, sin duda alguna, con una inexplicable miopía en cuanto a contexto histórico.
Tal vez esto explique la razón por la que nos encontramos dispersos por todo el planeta, exhibiendo nuestro ingenio, nuestra rapidez y nuestra exuberancia, pero despojados de una patria libre y soberana.

CUBA REMEMBERING MARIEL


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