Ese Cubano Híbrido

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Ese Cubano Híbrido
Por Luis F. Brizuela Cruz
Entre las diversas definiciones de la palabra “híbrido” o “híbrida” hay una que me llama particularmente la atención: “Se aplica al individuo que tiene dos genes diferentes para un determinado carácter”.
 No tengo suficiente información antropológica para concluir que ese personaje por lo general simpático, astuto, polémico y dinámico que el mundo conoce como “cubano” es precisamente una fusión de dos arquetipos genealógicos, pero sin embargo creo que existe alguna evidencia histórica para decidir que cierto proceso de dual idiosincrasia puede haber conllevado a la creación de esa criatura que deambula elocuentemente por el universo, cual nómada predispuesto, desde hace ya algún tiempo.
La manifestación más aguda de las controversiales tendencias del cubano comienza a tomar lugar cuando se vislumbra por vez primera durante el siglo diecinueve independizarnos de la Madre Patria española. Unidos por la causa común, surgen los primeros patriotas de renombre y a estos se le adhieren aquellos que habrían de constituir sus huestes. La Guerra de los Diez Años (o Guerra Grande) del 1868 al 1878, la Guerra Chiquita (1879-1880) y la campaña final de Independencia (1895-1898) demostraron el valor incalculable y la tenacidad del criollo cubano que optaba por su emancipación contra España. Sin embargo, ya desde entonces quedaba evidenciada la inclinación al protagonismo dentro del liderazgo de los distintos acometimientos y por consiguiente el divisionismo que afectaría el desenvolvimiento de los mismos; dando subsecuente cabida a intervenciones foráneas de líderes y gobiernos con los cuales nunca habría plena satisfacción. Se desata, desde los procesos de nuestras diversas gestas emancipadoras, un extraño mecanismo que nos impide la total evolución y torna cada etapa de nuestra historia moderna en un paradójico panorama que posteriormente conduce a la hecatombe castro comunista. Válido puede ser el argumento que no existe ninguna agrupación humana exenta de estas características y las historias de otros países podrían guardar cierta similitud con la nuestra, pero lo que hace un poco más notable este tipo de fenómeno en el caso nuestro es la otra reseña que nos destaca para bien o para mal: nuestra exuberancia desmedida. 
En su ensayo “El Profeta habla de los cubanos” -ya un clásico moderno- el profesor Luis Aguilar León puede que resumiera la naturaleza del cubano con la mayor eficacia, antes o posteriormente concebida. Reproducimos algunas de sus sabias observaciones antes de proseguir con otros modestos intentos de acercarnos al enigma de nuestra estirpe:
“Los cubanos están entre vosotros, pero no son de vosotros. No intentéis conocerlos porque su alma vive en el mundo impenetrable del dualismo. Los cubanos beben de una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto y se ríen con su música. Los cubanos toman en serio los chistes y hacen de todo lo serio un chiste. Y ellos mismos no se conocen.”
“Nunca subestiméis a los cubanos. El brazo derecho de San Pedro es cubano, y el mejor consejero del Diablo es también cubano. Cuba no ha dado ni un santo ni un hereje. Pero los cubanos santifican entre los heréticos y heretizan entre los santos. Su espíritu es universal e irreverente. Los cubanos creen simultáneamente en el Dios de los católicos, en Changó, en la charada y en los horóscopos. Tratan a los dioses de tú y se burlan de los ritos religiosos. Dicen que no creen en nadie, y creen en todo. Y ni renuncian a sus ilusiones, ni aprenden de las desilusiones.”
“No discutáis con ellos jamás. Los cubanos nacen con sabiduría inmanente. No necesitan leer, todo lo saben. No necesitan viajar, todo lo han visto. Los cubanos son el pueblo elegido… de ellos mismos. Y se pasean entre los demás pueblos como el espíritu se pasea sobre las aguas.”
“Los cubanos se caracterizan individualmente por su simpatía e inteligencia, y en grupo por su gritería y apasionamiento. Cada uno de ellos lleva la chispa del genio, y los genios no se llevan bien entre sí. De ahí que reunir a los cubanos es fácil, unirlos imposible. Un cubano es capaz de lograr todo en este mundo menos el aplauso de otro cubano.”
“No les habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura, y los cubanos son hiperbólicos y desmesurados. Si os invitan a un restaurante, os invitan a comer no al mejor restaurante del pueblo, sino “al mejor restaurante del mundo”. Cuando discuten, no dicen “no estoy de acuerdo con usted”, dicen “usted está completa y totalmente equivocado”.
“Los cubanos intuyen las soluciones aún antes de conocer los problemas. De ahí que para ellos “nunca hay problema”. Y se sienten tan grandes que a todo el mundo le dicen “chico”. Pero ellos no se achican ante nadie. Si se les lleva al estudio de un famoso pintor, se limitan a comentar “a mí no me dio por pintar”. Y van a los médicos, no a preguntarles, sino a decirles lo que tienen.”
“Cuando visité su isla me admiraba su sabiduría instantánea y colectiva. Cualquier cubano se consideraba capaz de liquidar al comunismo o al capitalismo, enderezar a la América Latina, erradicar el hambre en África y enseñar a los Estados Unidos a ser potencia mundial. Y se asombran de que las demás gentes no comprendan cuan sencillas y evidentes son sus fórmulas. Así, viven entre ustedes, y no acaban de entender porque ustedes no hablan como ellos.”
Si momentáneamente nos apartamos de la humorística elocuencia de Luis Aguilar León y solo nos concentramos en las verdades que expone y que tanto nos han disminuido históricamente como cultura, debemos concluir que, frente al cubano, estamos en presencia de uno de los más desconcertantes fenómenos sociológicos de la creación o la evolución, dependiendo de las preferencias del lector.
He repetido hasta el cansancio, entre tantas otras observaciones sobre nuestra cultura, que resulta decepcionante que nuestra perpetua inconformidad con todo tipo de gobierno durante la primera parte del siglo veinte y las constantes querellas entre facciones nos condujera, eventualmente, a decidir a favor del sujeto no solo menos representativo de nuestras costumbres y predilecciones, sino que en figura y pensamiento una total contradicción de las apariencias e ideas de la otrora sociedad cubana. El pretexto que nos desmerita y hasta ridiculiza cada vez más y más en todo contexto histórico que: “de no haber ocurrido un 10 de marzo, nunca hubiera ocurrido un 26 de julio” debería ser anulado, prohibido incluso, de cualquier polémica entre cubanos, si es que pretendemos restaurar lo que pueda quedar de nuestra atropellada identidad. El “26 de julio” tenía raíces irrefutablemente ancestrales, pero no fue precisamente Fulgencio Batista el causante directo de este suceso. Batista y sus múltiples transgresiones fueron a su vez efectos de otras desacertadas causas. José Martí no fue tampoco el autor intelectual de tal abominación, como clamara la “robolución”. De hecho, nuestro Apóstol optó por la inmolación antes de presenciar en vida nuestro fatídico divisionismo y litigioso afán de poder individual, del cual era él ya una víctima a finales del siglo diecinueve, en vísperas de la independencia.
¿Cómo ocurrió que un pueblo con dotes de inteligencia fuera  renunciando gradualmente al proceso político a lo largo de su etapa republicana, por muy adulterado y confuso que este le pudiera parecer? Varias generaciones de cubanos se fueron limitando y acostumbrando simplemente a las protestas instintivas y siempre provistas con la tonta evasiva de tildarse a sí mismos -una vez acorralados en los debates- de completamente “apolíticos”. La historia nos ha demostrado repetidamente la veracidad de aquella frase que dice: “si no nos ocupamos de la política, la política se ocupará de nosotros”. Nuestra participación en los temas políticos siempre ha sido o por absoluta conveniencia, por simpatías y entusiasmos efímeros carentes de substancia y conocimiento, o por nuestras tendencias noveleras. Lamentablemente, todos esos defectos los hemos importado hacia el exilio y continuamos, por ejemplo aquí en los Estados Unidos –aun verdadera sede del derecho y la libertad- procurando contaminar los medios con nuestro insensato proceder que a veces hasta contradice lógica y principios.
Nuestra condición híbrida, o tal vez indefinida, queda revelada cada vez que por un breve instante traicionamos nuestra innegable realidad de peregrinos y hasta parecemos olvidar la trayectoria que nos ha traído al momento actual. Nos confundimos con nuestra propia elocuencia y exuberancia ante la decisiva identidad de por lo menos el más claro de nuestros martirios y el principal causante de nuestro constante, aunque muchas veces subconsciente, penar. ¿No son seis décadas de involución sociológica suficientes para enfocarnos directa y colectivamente en la raíz de nuestro cáncer? ¿Cómo podemos ser capaces de otorgar al régimen que nos ha transformado denigrantemente como cultura el más mínimo beneficio de la duda?
“La ideología del fracaso”, como tan acertadamente definiera Winston Churchill al socialismo/comunismo, ya sabe de nuestras flaquezas como cubanos. En la más reciente manipulación de nuestras emociones y convicciones, dos exponentes de esa maquiavélica doctrina -en apariencia disímiles pero en total contubernio- hoy  llevan su abominable experimento sociológico a un nuevo nivel de sadismo asolapado con dádivas que habrán de simplemente confundir y degradar aún más al sujeto que ya ha perdido su identidad y gran parte de su cordura. Cabe entonces la pregunta: ¿Estaremos irreparablemente condenados?
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