Era un gran tipo mi Viejo

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Era un gran tipo mi Viejo

Por Luis F. Brizuela Cruz

“Yo soy tu sangre mi viejo,
soy tu silencio y tu tiempo”  -Piero-

De vez en cuando reviso los “archivos de mi padre” y aprendo más sobre él. Me llaman particularmente la atención las copias que dejara de algunas de sus cartas a amigos y familiares y las originales que recibiera de muchos de ellos a través de los años. Creo que estos intercambios eran su fuerte literario, aunque tal vez él estimaba que su don aceptable era como cronista deportivo.

Soy, como se suele decir, “hijo de viejos”. Mi madre tenía 37 años y mi padre 44 cuando yo vine al mundo en calidad del único hijo de ambos, después de casi dos décadas de relación. De manera que para cuando yo alcancé el uso de la razón y podía compartir en cosas de adultos, mi viejo mostraba cierto sentido de urgencia en enseñarme la vida con la mayor plenitud posible. Tal vez presentía que su tiempo terrenal sería corto o se sentía rezagado en la carrera habitual del vivir, al mirar que la gran mayoría de los padres de mis compañeros de estudio y  juego eran diez o quince años menores que él. Fue así que yo recibiría un curso intensivo por parte de mi progenitor, el cual habría de servirme para mitigar un poco su temprano desprendimiento a la edad de 67 años en 1980, víctima de un cáncer que se inició en la próstata y se ramificó de forma implacable hacia sus huesos. Si tomamos en consideración que el último año de vida lo pasó en cama, podríamos decir que tuve la dicha de disfrutar su perspicacia y contagiosa energía hasta mis 22 años, cuando me encontraba yo en el umbral del verdadero rigor de la existencia.

La herencia del viejo no incluía posesiones materiales. Su legado lo fui recogiendo poco a poco, después de atravesar el pórtico proverbial de la madurez y aun hoy, a mis 57 años, de vez en cuando me nutro de sus enseñanzas y pruebas enorgullecedoras de la huella de amor, amistad y buena voluntad que dejó.

Leyendo sus cartas y las que recibiera y guardara como tesoros, constantemente surge y resurge un individuo altamente servicial y leal. Gran amigo de sus amigos, el personaje que salta a la vista es uno poseído por un infatigable entusiasmo por la vida y la capacidad inigualable de adherirse a la pena ajena, como lo demuestran sus intercambios con aquel amigo que, poco tiempo después de salir de Cuba y alcanzar la libertad vía España con su familia, sufrió la pérdida de su hermosa y joven esposa, la cual se llevó consigo la música que emanaba de su guitarra y el cantar de su bella voz. Recuerdo como mi viejo, por años, mantuvo el frecuente contacto con aquel amigo y antiguo compañero de vicisitudes en la Cuba secuestrada por el castrismo, hasta que el tiempo fue disipando las penas y aquel padre solo, con niños pequeños, los vio crecer y encaminarse.

A principios de la década del setenta, cuando José Gabriel Lorenzo murió en medio de extrañas circunstancias y del alegato por parte de las autoridades venezolanas de que el joven había intentado desviar un avión para Cuba,  vi a mi padre enfrascado por meses en el duro proceso de ayudar desde los Estados Unidos con los trámites del traslado del cadáver para Cuba y de sus muestras de apoyo a la afligida familia de José Gabriel, a quienes siempre nos ha unido una especial amistad. Al leer algunos de los intercambios entre José Gabriel y mi padre, previos al penoso desenlace, reafirmo el apoyo que mi viejo trataba de brindar al joven, alentándolo en medio de su soledad y nostalgia del terruño. Las frases de mi padre no lograron salvarlo de su triste final, pero en los diálogos está evidenciada la entrega total del viejo a la causa de sus amigos. Otra de las virtudes de mi viejo era que muchos de aquellos episodios los compartía cotidianamente con nosotros, en amenas conversaciones llenas de sabias ilustraciones y pasión.

Sus vínculos eran armoniosos y estrechos. Eran además múltiples y diversos. No había un ápice de discriminación en el ser que era mi padre por razones de raza o posición social, antes o después de que el fatídico comunismo nos igualara miserablemente a todos. Su profesión de promotor de boxeo lo hizo una figura paternal para decenas de púgiles, muchos de ellos provenientes de los barrios pobres de nuestro querido Sancti Spíritus. Poseía, sin embargo, la cultura suficiente para tener fácil acceso al juez, al médico, al maestro y al intelectual. De niño yo llegué una vez a pensar que en nuestro pueblo todo el mundo era amigo de mi padre.

Nunca tuvimos televisor en mi casa de San Isidro o de la Calle Martí Sur, pero a través de las relaciones del viejo, varios de mis amigos y yo siempre teníamos un lugar donde disfrutar las interesantes aventuras de Robin Hood, El Zorro, Guillermo Tell y El Corsario Negro, durante la decadente década del sesenta en la Cuba que se desmoronaba gradualmente ante los atónitos ojos de una ciudadanía confundida. Tenía también yo gran fascinación por los episodios narrados por locutores de la transición -como “Agustín Rrrrroooquefuentes”- de Kazán el Cazador, Leonardo Moncada y Sherlock Holmes. Una tarde en que nos encontrábamos mi padre y yo distantes del hogar por Garaita y solo faltaban diez minutos para que comenzara “El Estrangulador de Preston Street”, el viejo tocó en una puerta, saludó cordialmente a la señora que abrió y le pidió que me permitiera escuchar el episodio de aquella noche. Ahí estuvimos durante la hora de la transmisión radial, él conversando con la dueña de la casa y yo emocionado frente al radio.

Fueron su amena disposición y convincente diplomacia también las que nos ayudaron a escapar ilesos, cuando la desesperanzada de mi madre no podía contener su odio contra la tiranía fidelista y vociferaba en la vía pública -mucho antes que existieran las Damas de Blanco- o en el cine cuando, antes de la película, solían presentar documentales de Fidel Castro en algún viaje a países socialistas o recibiendo al líder soviético Nikita Kruschev.  El viejo entonces le hablaba con su habitual sutileza a los policías, milicianos o jefes del Comité de Barrio de la Revolución, quienes, en su vasta mayoría, habían sido amigos y compañeros de andanzas de mi padre antes de la llegada de la plaga que ensombreciera el juicio del cubano, les explicaba que mi madre no estaba bien de los nervios y que él conversaría después con ella para apaciguarla. Mi rebeldía y travesuras en la Escuela en el Campo -particularmente mí escapada con dos amigos en una ocasión- no afectaron nuestros planes de salir de Cuba gracias a la buena amistad de mi progenitor con uno de los oficiales del internado.

Al llegar a los Estados Unidos en 1971 fuimos acogidos por decenas de amistades de mis padres y tía que habían salido de Cuba años antes y casi todos los fines de semana nos visitaban o los visitábamos, en alegre reanudación de la sociabilidad que había quedado interrumpida con la hecatombe del castrismo. Recuerdo al viejo como el incansable anfitrión de estos eventos, como si se hubiera asignado a sí mismo la divina tarea de siempre alegrar y armonizar entre sus allegados.

En aquellos tiempos existía el capítulo de New Jersey de la Asociación de Espirituanos en el Exilio y desde nuestra llegada a Brooklyn el viejo nos hacía venir por tren y guagua hasta la Calle 35 de Union City, en el Estado Jardín, para participar en las actividades sociales del Club. Posteriormente, cuando adquirí mi licencia de conducir, mi padre empleaba magistralmente su poder persuasivo para convencer a su hijo distraído con tantas otras cosas de que lo trajera a New Jersey para ver a sus amigos y fraternizar dentro del entorno espirituano. Participó intensamente en el boletín de El Fénix del Yayabo que se publicaba en aquellos tiempos dentro de la comunidad espirituana del área, con énfasis en temas deportivos y sociales.

Cuando su salud comenzó a decaer, hacía enormes esfuerzos para no renunciar a sus visitas a la diáspora espirituana y fue por esos tiempos que mi nostalgia, con los primeros vestigios de madurez patriótica, comenzó a hacer diana en mi joven humanidad para ayudar a engendrar ciertas inspiraciones, como el poema “Imágenes”, que recitara en presencia de mi padre, ya muy frágil, en una de sus últimas visitas a New Jersey y en uno de los últimos eventos de la otrora Asociación de Espirituanos de New Jersey:

“Carece de esquina la calle del papel/y los pasos se rompen/es el eco del alma que camina sobre la incolora imagen del tiempo/A lo lejos, más allá del papel, donde se crean las imágenes, otra calle (espirituana) me aguarda”

Durante sus dos años finales mi viejo mantuvo correspondencia mensual con su entrañable amigo Tomás Solano, el popular cronista deportivo conocido cariñosamente por todos como Cayasso, también fallecido. Aunque el fuerte de los dos amigos eran los deportes, ambos trabajaban diligentemente, en esos momentos,  en intercambios de datos sobre la historia general de Sancti Spíritus. Era algo así como un resumen acerca de la patria chica que tanto amaban. Entre mis tesoros se encuentran los sobres de manila que contienen infinidad de referencias acerca de Sancti Spíritus y elocuentes comentarios personales de ambos amigos. Cuando me aflige la melancolía del terruño y la zozobra de la patria perdida, de vez en cuando me refugio en estos textos emitidos por dos hombres buenos de nuestro pueblo.

El tiempo y las experiencias me han mostrado que hasta en el mejor de los seres existen por lo menos tenues rasgos de alguna tacha y que es además imposible complacer a todo el mundo en todo momento. Existen siempre otros para quienes no somos ni tan buenos, ni tan perfectos como nos imaginamos, aunque no se destaque ninguna evidencia justificable de lo contrario. Es, esencialmente, nuestra innata condición humana. No es menos cierto, sin embargo, el dicho que propone que “no somos lo que creemos que somos, sino lo que la gran mayoría de aquellos que nos conocen consideran que somos”. En mi andar todavía no he encontrado alguien que me diga que no fue un gran tipo mi viejo.  

Octubre de 2014                             Todos los Derechos ReservadosDad


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