El Síndrome de Castrocolmo

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El Síndrome de Castrocolmo
Por Luis F. Brizuela Cruz

Ahora que nos han hecho sentir más libres que nunca antes en la historia de la revolución castrista – más libres de pensar, opinar, viajar- ni los que se quedaron ni los que se fueron sabemos cómo denunciar a nuestro verdugo –ese que algunos estiman muerto y otros decrépito, pero cuyo legado nos persigue a todos como la más grande maldición.
Cada década de sufrimiento a manos de un singular y distintivo opresor tal parece que ha solapado las penurias de la previa; salvo para algunos damnificados cuyos martirios han sido extremos o para mentes privilegiadas que no sucumbieron bajo el maligno influjo con características de Síndrome de Estocolmo.
Los medios del sur de la Florida, que otrora solían unánimemente condenar a la dictadura fidelista han sido invadidos en épocas recientes por emisarios, voluntarios o fabricados, del régimen que con frecuencia pueden aventajar en cualquier polémica a los pocos detractores fervorosos que van quedando del castrismo; frente a una estupefacta, distraída y quizás algo cansada audiencia que a veces parece rendirse ante la abulia de seis décadas de encarcelamiento emocional a distancia.
Los primeros síntomas del síndrome que llamaremos Castrocolmo datan de décadas atrás, cuando aún no existían los “infiltrados” -por lo menos no en hordas como se visualizan en la actualidad cubana de la diáspora. Era en aquel entonces concebible, aunque no frecuente, que un cubano que había tenido la dicha de escapar de la isla prisión durante aquellos tiempos de un exilio auténticamente político sugiriera que “después de todo, caballeros, no podemos negar que Fidel es bien inteligente” o “como quiera que sea, fíjense que el tipo ha sobrevivido a (equis) cantidad de presidentes americanos”.
Cuando un tirano impone su voluntad sobre un pueblo engañado y desarmado, sus decisiones se visten de esa ficticia sabiduría engendrada por la mera condición irrefutable de su dominio absoluto. Cuando ese tirano impide el sufragio abierto, al mismo tiempo que una democracia como la estadounidense conduce su proceso normal donde se eligen libremente sus líderes, es elemental que ese dictador perdurará indefinidamente, mientras que en la sociedad soberana se desarrolla una sucesión de gobiernos elegidos por el pueblo. ¡Como puede una persona, cualquier persona, que escapó una tiranía expresarse de manera tan estúpida, exaltando la supuesta sabiduría o perdurabilidad del tirano que lo ha desterrado! El Síndrome de Castrocolmo ya existía desde los primeros elementos exiliados.
Echemos un vistazo a la definición (Wikipedia) del fenómeno de donde se ha originado la idea de esta parodia: El Síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro, violación o retención en contra de su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con quien la ha dañado física y/o psicológicamente. Principalmente se debe a que malinterpretan la ausencia de violencia contra su persona como un acto de humanidad por parte del agresor. Según datos del FBI 27 % de las víctimas de 4700 secuestros y asedios recogidos en su base de datos experimentan esta reacción. Las víctimas que experimentan el síndrome muestran regularmente dos tipos de reacción ante la situación: por una parte, tienen sentimientos positivos hacia sus secuestradores; mientras que, por otra parte, muestran miedo e ira contra las autoridades policiales o quienes se encuentren en contra de sus captores.
Claro, que esta definición no elabora en la idiosincrasia especifica del sujeto, de hecho es muy probable que no exista un criterio de enlace para determinar porque la reacción y el trauma que provoca el Síndrome de Estocolmo ha adquirido unas características tan sui generis dentro de la versión cubana, referida aquí como Síndrome de Castrocolmo. Pues bien, podríamos aventurarnos a decir que, efectivamente, nuestro caso y el sujeto del mismo son únicos. No solo ya era evidente el efecto de este fenómeno psicológico dentro de las primeras emigraciones de cubanos, sino que esta tendencia se ha venido agudizando con el transcurso de las décadas y ha llegado a producir una entidad totalmente irreconciliable con su naturaleza primaria y condenada perpetuamente a un destino, no solamente nómada, sino que defensor, propagandista y promotor de la infamia que la ha moldeado.
De manera que podemos concluir que la naturaleza del sujeto o la víctima juega un papel fundamental en el impacto del Síndrome de Estocolmo, hasta el punto incluso de abrirnos la alternativa -fieles siempre a nuestra reseña tan especial de seres privilegiados (como somos todos los cubanos)- de poder crear nuestra propia versión de la condición que el psiquiatra y criminólogo Nils Bejerot bautizara con el nombre de “Normalmstorgssyndromet”, después de los sucesos que involucraron rehenes quienes se tornaron afines con su captor en un banco de Estocolmo el 23 de agosto de 1973.
Como nuestra historia individual y colectiva cubana – en su inmenso afán de protagonismo- no solo debe preceder cronológicamente, sino sociológicamente, a cualquier otro evento por el cual deben ser medidos todos los dramas y traumas de la humanidad, nuestro proceso podría quedar fácilmente cifrado en los anales como el Síndrome de Castrocolmo. Su fecha oficial de incepción: 1º de enero de 1959.
Omitir tal teoría y los datos que la acompañan “¡sería el colmo!”

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