El Olvido

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El Olvido
Por Luis F. Brizuela Cruz
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“Olvidar es no querer recordar el error” -Enzo Gamboa-
Es realmente imposible saber si olvidar es una acción voluntaria o involuntaria. Precisamente por la diversidad de circunstancias que arropan el olvido y su complejidad infinita, sería injusto enjuiciar este acto que a través de la historia del hombre, de sus odios y virtudes, pueda haber impedido tantos fatídicos desenlaces y propiciado innumerables nuevos comienzos. El olvido es un misterio como lo es la mente del ser humano: indescifrable.
La virtud del olvido nos permite rebasar una tragedia personal incalculable, como la muerte de un ser querido, o una catástrofe colectiva de épicas proporciones en la que nos hemos visto involucrados; o de la cual hemos sido testigos como, por citar un ejemplo, la destrucción de las Torres Gemelas de  New York en septiembre de 2001, cuando aquellos que vivimos en esta zona del planeta presenciamos de cerca el horror que es capaz de causar el odio humano.
Pasa el tiempo -que tal vez sea el mejor aliado del olvido- y se diluyen algunos efectos en nuestra memoria y nos distraemos con los alicientes cotidianos que nos ofrece el vivir. Hay personas, casos y situaciones donde nunca es posible la recuperación, pero de manera general nos levantamos, proseguimos y casi imperceptiblemente vamos olvidando aquello que preferimos no recordar. Si la prevalente circunstancia del evento que aspiramos a sepultar en los recónditos campos de nuestra memoria posee características de error o falta parecemos apresurar el trámite; ayudados por ese otro don misterioso e imperfectamente humano que llamamos “justificación”. Hasta puede llegar un momento cuando no solo casi ya no recordamos los sucesos de cierto pasado, sino que comenzamos a ignorar efectos y consecuencias y nos auto exoneramos de cualquier tipo de culpabilidad o complicidad. Nuestro caso cubano podría ser la mejor ilustración de este fenómeno. Es quizás ese el principal motivo por el cual continúa nuestra involución como agrupación humana.
Cuando hace unos años comencé a escribir mis Crónicas de una Generación Perdida, en el prólogo decidí ser cuidadoso en clasificar las diversas generaciones de cubanos que hemos sido víctimas de la hecatombe castrista. El propósito de esta meticulosa selección de damnificados de uno de los más maquiavélicos experimentos sociales de la historia era, primordialmente, dejar establecidas las atribuciones de culpabilidad y complicidad en la infamia que nos ha tocado vivir por más de medio siglo. Fundamentalmente, situé la mayor parte de la culpa en la generación integrada por nuestros progenitores, o sea los nacidos antes de la mitad de la década del 1940 y un porcentaje menor sobre los nacidos hacia el final del cuarenta y primera parte del cincuenta, basándome en el hecho que algunos de estos últimos contaban ya en ese entonces con la edad suficiente para entender y asimilar el mundo a su alrededor –en su vasta mayoría en calidad de testigos inocentes, pero con frecuencia incitados y correspondientes a la euforia febril de un pueblo que parecía inteligente, en acorde con ciertos barómetros sociales. Los nacidos hacia el final de los cincuenta o después debemos quedar fortuitamente exentos de culpabilidad, puesto que desde que tuvimos uso de razón ya nos encontrábamos sometidos a la “reprogramación” implantada por la tiranía castro comunista. 
Un desconcertador afán de protagonismo, con orígenes que pueden trazarse hacia tiempos de nuestra larga gesta de independencia contra España, posteriormente mezclado con una apatía colectiva a adentrarse en educadas investigaciones de la historia, además de agudas tendencias pachangueras, fueron gradualmente llevando a una vibrante y perspicaz sociedad progresista hacia la trampa del despotismo y la envidia generalizada. Esta coartada habría de quedar oficialmente identificada y plasmada en los anales de la historia como la vanagloriada “Revolución Cubana”.
Yo sí recuerdo, si me permiten la ironía, reuniones familiares a principios de los setenta -de las que fui partícipe muchas veces con renuencia adolescente ya en tierras de libertad- y la manera airada en que en las mismas se ventilaba con frecuencia el caso de nuestra patria oprimida. Discusiones acaloradas, en ocasiones combustionadas por algún licor o la eufórica mente de los más apasionados, culminaban con maldiciones viscerales contra el despiadado castrismo y planificaciones de iniciar –casi siempre a la mañana siguiente- una bien coordinada y valerosa ofensiva contra la dictadura imperante en la isla. En el transcurso de estas tertulias se escuchaban relatos, en ocasiones verídicos, de la participación de muchos de los asistentes en valientes alzamientos, conspiraciones y otras audaces campañas durante la década anterior contra el desgobierno fidelista. “Viva Cuba Libre” y la promesa de no regresar jamás hasta ver consumado el acto de la liberación y la venganza solían cerrar los actos de nuestras fervorosas y patrióticas veladas.
Pero pasó el tiempo y muchos sucumbieron al influjo absolutorio del olvido. A algunos, los más sensatos y prudentes, los fue venciendo el cansancio y la frustración ante la carencia de logros. Aceptaron con dignidad sus vidas reconstruidas en la mayoría de los casos exitosamente en la diáspora -aunque nunca la pérdida de la patria- y nos fueron cediendo, a las nuevas generaciones de “cubanos americanos”, el liderazgo y mando de la familia. Sin embargo, otros convirtieron el olvido en abulia y justificación ante cualquier remordimiento que surgiera, con el cursar del tiempo y su envejecimiento, en momentos de recapitulación y reflexión de lo vivido en sus años mozos. Luego comenzaron a suscitarse los cambios, mayormente provocados por las aperturas creadas por el malogrado gobierno de la isla que, despojado del subsidio soviético, apelaba a la bondad del llamado “exilio histórico” para apuntalar su desacertada ingeniería social y material de la isla cautiva. Y al llamado del tirano, refugiados en la justificación y el olvido volvieron, ayudaron, pero también habrían de festejar dentro de el mismo ultraje del cual habían sido víctimas y contra el cual décadas antes se habían pronunciado airadamente.
Sería inútil y decisivamente injusto cuestionar el regreso de un hijo a visitar a la madre anciana que no ha visto por casi medio siglo; de una hermana que acude al lecho de muerte de su hermano; de cubanos que vuelven para celosamente costear los trámites de reparación de la vivienda en ruinas de un familiar, ante la incompetencia de más de cinco décadas por parte del estado cubano en preservar la calidad de vida de la isla. Sería consistentemente inadecuado culpar a esas generaciones que exculpamos por razones cronológicas al principio de este ensayo, por sus ansias de regresar exitosos al mísero lugar de donde lograron escapar hace unos años, ya que estos grupos más jóvenes de cubanos no poseen algunos memoria comparativa de tiempos pre fidelistas y los más jóvenes carecen de toda perspectiva política, con vidas que estuvieron sumidas siempre en las tribulaciones de la sobrevivencia. Pero aquellos septuagenarios y octogenarios que vuelven a la escena del crimen para festejar la boda o el cumpleaños de un hijo o una hija que ellos mismos padecieron penurias, sacrificios y peligros para liberar del infierno castrista, o los quince de una nieta que ha nacido en los Estados Unidos o en otro país libre, o los cubanos y cubanas de cualquier etapa migratoria que emulan a los europeos y latinoamericanos que van a disfrutar del turismo sexual barato que ofrece inescrupulosamente la isla,  todos ellos merecen irrefutablemente el mismo nivel de repudio al que posiblemente muchos fueron expuestos durante su salida de Cuba.
Sorprendentemente para muchos, este tipo de fechoría data de los primeros Viajes de la Comunidad, a finales del setenta; de manera que la dosis de olvido les fue administrada a algunos desde solo diez o veinte años después de haber escapado del infierno. Coincide que muchos de estos “pioneros”, (disculpen nuevamente mi sarcasmo), al igual que otros que lograron resistir por una o dos décadas más la tentación de las mismas tendencias que contribuyeron a nuestro atropellado destino nómada, fueron en un momento dado, no solo acérrimos enemigos de la tiranía batistiana, sino que posteriormente quienes vilificaron de manera más delirante la infamia del castrismo.
Con frecuencia, en nuestro afán de encontrar culpas y razones, concentramos nuestro análisis sobre la descomposición social cubana en el periodo comprendido entre el golpe de estado de Batista y los momentos actuales, empleando elocuentes pero superfluas deducciones que ofenden la auténtica inteligencia humana. Todo tipo de gastado  cliché como el “de no haber ocurrido un 10 de marzo, jamás hubiera ocurrido un 26 de julio” debería quedar prohibido para no seguir incurriendo en la idiotez que subestima lo que pueda quedar de la sensatez del cubano de ayer, de hoy y de siempre. Preciso es, sin embargo, retroceder de forma minuciosa e inteligente por los diversos parajes de nuestra historia, con el fin de tratar de enmendar tantos errores pasados y resistir la tentación de seguir enterrándolos en las mazmorras del conveniente olvido.
Las sociedades que no olvidan sus descalabros y vicisitudes son por lo general las que suelen recuperarse y vuelven a avanzar. Un ejemplo de ello lo es la perennemente controversial, pero irrefutablemente exitosa historia hebrea. Por años he escuchado como a los cubanos se nos compara con los judíos, primordialmente por atributos como la de ser astutos, audaces y hasta a veces mezquinos  comerciantes, emprendedores y celosos de nuestras posesiones y orientados de forma individual hacia el progreso que por ende nos destaca como cultura exitosa en el contexto de las sociedades a donde nos ha llevado el destierro. Lamentablemente, es allí donde terminan los puntos comparativos.
Perseguidos y en ocasiones vilificados a lo largo de su historia, los judíos han prevalecido como agrupación humana por todas las virtudes que destacan de igual manera a los cubanos, pero entre las herramientas que ellos poseen y que a nosotros nos faltan se encuentra la unificación bajo un propósito y meta común: impedir que se diluya o desaparezca su estirpe de la faz de la tierra y de la posteridad. Los hebreos persisten, incesantemente, en no olvidar sus épicas jornadas -muchas de tiempos milenarios- y recordarle al resto del mundo, en cualquier época, de sus  largas penurias y sacrificios, en ocasiones a riesgo de exageración. No se dividen, no se distraen, ni claudican, pero sobre todo no olvidan y solo así es que perduran dentro de un universo donde están rodeados de tantos hostiles enemigos. Sería preferible que trocáramos las virtudes comparativas que se nos atribuyen con los judíos -que son posiblemente las menos meritorias- y que emuláramos las últimas mencionadas y de las que nosotros los cubanos tristemente carecemos. 
Crumbling Havana

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