El Genocidio de los Castro

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che_guevara_10-CopyEl Genocidio de los Castro
“Es preferible un final espantoso que un espanto sin final”
Por Luis F. Brizuela Cruz
Dista en comparación de las atrocidades numéricas de los genocidas de más renombre que infaman la historia, como Hitler, Stalin, Mao o Pol Pot. Casi de forma mágica, posee una desdobles que cautiva y causa admiración dentro de la ignorancia y el resentimiento ancestral de muchos. En tiempos recientes, inclusive, ha logrado atrapar la atención de líderes de países con fundamentos opuestos, quienes emulan y hasta envidian su durabilidad y arrogancia. Hasta sus propias víctimas con frecuencia muestran cierta ambivalencia al referirse al mismo; algo así entre hipnotizados o poseídos por su espeluznante hechizo y maldición. No cabe la menor duda que el genocidio castrista es, al igual que la idiosincrasia del cubano, un caso totalmente sui generis.
Hace más de cuatro décadas logré escapar del genocidio sociológico, filosófico, antropológico, carnal y cultural de una de las más grandes abominaciones en la historia de los odios y virtudes de los hombres. A continuación, recojo y comparto, si me lo permiten, experiencias, observaciones y conjeturas personales acerca de un proceso y un destino del cual me ha correspondido ser parte infinitésima.
Creo que irrumpo al mundo con mayor entendimiento cognitivo durante esos días de 1962, a mis cinco años de edad, cuando empiezo a recorrer mi pueblo natal de Sancti Spíritus de la mano de mi padre. El viejo tenía por esos tiempos cierta premura en explicarme el mundo, al menos aquel que era nuestro mundo y que ya parecía desmoronarse más y más con el pasar de cada día. Mi progenitor había quedado desempleado cuando el gobierno castrista decidió abolir el profesionalismo en los deportes en Cuba. Desde su juventud, mi viejo había sido promotor de boxeo y lucha libre en Sancti Spíritus y llevando púgiles y luchadores a carteleras en otras partes de la isla. Cuando el castrismo arremetió contra la empresa privada y el deporte pagado mi padre tuvo que recurrir a toda su inventiva y perspicacia para que pudiéramos sobrevivir los cambios que ocurrían a diario a nuestro alrededor. Con el transcurso del tiempo he llegado a la conclusión que el viejo representaba las primeras filas de cubanos que por generaciones posteriores habrían de esperar la alborada de cada día para “resolver”.
Nuestras visitas a una Plaza de Mercado que otrora fuera emblemática del bullicio y vitalidad de un hermoso pueblo colonial, solían ser motivo de tensión e incertidumbre ante el escaso abastecimiento de los pocos puestos que permanecían abiertos. Las colas para obtener un trozo de carne, pollo, viandas o vegetales pasaron a ser la norma y junto al desaliento de un pueblo abatido por la frustración y la desidia fueron transformando toda una cultura en solo unos años.
Un mediodía de fines de febrero de 1963, durante la que hubiera sido nuestra hora de recreo en la antigua escuela presbiteriana -ya para entonces solo primaria Carlos de la Torre- a solo unas cuadras, en los portales del hotel Perla de Cuba un miliciano del castrismo, aparentemente desquiciado, ametralló a varios jóvenes espirituanos incitado por los adoctrinadores lemas del nuevo sistema que buscaba erradicar todos los vestigios de la vida cotidiana de la sociedad cubana. El crimen quedaría impune y marcaría, como tantos otros, para siempre el comienzo de una etapa de represalia y espanto para todo aquel que disintiera contra el régimen que imponía su voluntad total sobre un pueblo aturdido y estupefacto.
Solo unos años después, el concepto de la Patria Potestad quedaría puesto en práctica de manera avasalladora y definitiva cuando los adolescentes de varias partes de Cuba fuimos trasladados a los campos para estrenar el sistema de La Escuela en el Campo, después de ensayos con el piloto de La Escuela al Campo. Quedaba así desmembrada la familia tradicional cubana y las nuevas generaciones pasarían a ser sujetos incondicionales del macabro experimento que se llevaba a cabo a lo largo de toda “La Isla del Doctor Castro”. Aferrados a la premisa revolucionaria de la creación de un “Hombre Nuevo”, el régimen fidelista daba al traste con todos los valores y normas tradicionales de una avanzada sociedad y gradualmente hacia engendro de una nueva especie de ciudadano adoctrinado y sumiso que posteriormente mutaría  hacia un ser desprovisto de convicciones sociopolíticas y en constante procuración de las dádivas gubernamentales y los limitados resultados del delictivo forrajeo diario.
Los juicios relámpagos de la campaña de la Sierra Maestra pasarían a ser los aclamados Juicios Populares a través de toda Cuba, donde frente a un segmento del pueblo adoctrinado y de implacables lacayos del sistema, en cuestión de solo unas horas se decidía la suerte de un reo acusado de crímenes –casi siempre triviales- contra la revolución. Las ejecuciones de los primeros años efectuadas primordialmente en la Cabaña bajo la supervisión del psicópata asesino Ernesto “Che” Guevara, se proliferaron por diversas partes de la isla bajo el lema de “justicia revolucionaria”; destruyendo infinidad de familias inocentes solo por el mero hecho de no compartir la ideología marxista-leninista del tiránico gobierno.
El éxodo de varias generaciones, en la mayoría de los casos arriesgando vidas frente a los elementos o las severas represalias por parte de la tiranía de ser capturados, constituiría una irrefutable acusación sobre las injusticias del perverso opresor, sin embargo no parecería nunca resultar suficiente para unir a la comunidad internacional frente al régimen genocida castrista. Los lemas propagandistas de falsa solidaridad con diversos esquemas opresivos del mundo han podido siempre más que la evidencia contundente de la maquiavélica y totalitaria opresión del régimen fidelista sobre la fragmentada sociedad cubana. Por otro lado, los Castros y su cínica maquinaria jugarían papeles significativos en alentar mímicas revoluciones y cambios en otros países como Nicaragua y Venezuela, al igual que en África, trayendo similares resultados desbastadores a dichas sociedades. La evidencia es también enorme con respecto a la participación del régimen cubano en el narcotráfico y como guarida del terrorismo, la delincuencia y criminalidad internacional.    
Irónicamente, hoy se premia a una de las más crueles y prolongadas dictaduras de la historia con un convenio unilateral que añade ofensa a la injuria y hasta logra reducir -al menos por el momento y ante la interpretación de ese segmento con padecimiento de aguda retardación social global-  la magnitud de una de las mayores infamias de todos los tiempos. Se pretende eclipsar el sistemático, paulatino genocidio de los Castro con otros eventos históricos que aventajan en cifras y espaviento las fechorías llevadas a cabo por el régimen que impera en la mayor isla de las Antillas por casi seis décadas y que han sido plenas para destruir, tal vez de forma irreversible, la infraestructura moral y material de toda una cultura. Sus efectos podrían resultar, a largo plazo, mayores que los de otras barbaries más notorias.
Solo la historia podrá arrojar un veredicto adecuado cuando –al igual que lo que el mundo ha logrado captar a través del ostracismo de Corea del Norte- queden finalmente reveladas y condenadas las abominaciones y la innegable culpabilidad en el horripilante proceso de involución del pueblo cubano.

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