El Abominable Hombre Nuevo Viejo (Parte II)

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El Abominable Hombre Nuevo Viejo

Segunda Parte

Por Luis F. Brizuela Cruz

 

Después de su decepción a principios del 2013, cuando sorprendiera a la que creía su fiel y joven enamorada en medio de lo que tenía todas las características de ser un idilio con otro hombre, Antonio se había resistido a regresar a la escena del crimen. No fue hasta casi nueve meses más tarde, cuando los ánimos se le volvieron a levantar ante la cercanía de las festividades navideñas y de fin de año, ayudados por una llamada que recibiera de Felipe, uno de sus compañeros de jerga en Sancti Spíritus.

Antonio había viajado a Cuba, a través de otros países, consistentemente todos los diciembres desde su llegada a los Estados Unidos para perderse en la indulgencia de la época festiva, la cual retornaba gradualmente con mayor plenitud a la isla olvidada en el tiempo; donde las celebraciones de la temporada habían sido reducidas por décadas a la despedida del año viejo y la bienvenida del nuevo, combinadas con la conmemoración del triunfo de la revolución. A pesar de su ego lastimado por la fallida relación, nuestro Hombre Nuevo, ahora ya viejo, añoraba las tantas otras “recompensas” que las oportunidades de viajar a Cuba le brindaban a su atormentada psique y fue la llamada de Felipe el empujoncito que necesitaba para comenzar a preparar su viaje. Entre las muchas cosas sobre las que conversaron se habría la perspectiva de un nuevo romance  anticipadamente tramitado por Felipe, quien le aseguraba que en esta ocasión todo sería más realista y compatible, puesto que la dama en cuestión tenía casi cincuenta años, aspiraba a una relación seria y sosegada con un hombre mayor y además había quedado fascinada con las fotos que Felipe le mostrara de Antonio.

Como solía hacer antes de cada viaje, Antonio trataría de coordinar la transportación clandestina de algún encargo o remesa de conocidos suyos en los Estados Unidos para los familiares de estos en la Habana o Sancti Spíritus por una pequeña tarifa; la cual le servía para amortizar los costos de la visita a Cuba. En su rutina preparatoria estaba también incluida la compra de algunos relojes y prendas de fantasía, al igual que varios perfumes baratos, con los que agasajaba e impresionaba a sus amistades o a cualquier nueva relación que pudiera surgir durante su estancia en la isla. Antonio redobló en esta ocasión su dosis de Viagra y Cialis, con el fin de no dejar nada a la suerte o al riesgo de una actuación mediocre con la que lo pudieran traicionar sus nervios y sus 62 trajinadas primaveras de vida.  En menos de dos semanas nuestro Hombre Nuevo Viejo estaba listo para partir hacia Cuba.

Una vez más se puso de acuerdo con Carlos, el socio de Artemisa con quien solía iniciar su recorrido cada vez que llegaba a la isla. Carlos, que había llegado a la Habana dos días antes, lo recogió en el aeropuerto internacional José Martí y sin perder un instante salieron en busca de ambiente. El primer día resultó intenso y confuso. Daba la impresión que en el poco tiempo transcurrido desde la última visita a la capital cubana muchas cosas habían cambiado notablemente. Había definitivamente muchos más turistas en la Habana: europeos, canadienses y hordas de cubanos, la gran mayoría procedentes de Miami y se comentaba que un arreglo en las relaciones entre la isla y los Estados Unidos era cuestión de muy poco tiempo. Carlos y Antonio también se percataron que los precios de muchas cosas habían subido considerablemente. Antonio recordó las últimas palabras de su rival, el “techero” que había encontrado cenando en casi de su ex novia Yulisa durante su última visita a Sancti Spíritus, cuando este le dijo: -“No se agite mi amigo. Aquí las cosas están cambiando y se habla de que pronto tendremos que pagar licencia e impuestos al gobierno”-.  Sin embargo optó por no compartir su recuerdo con Carlos, ya que estaban ahí para pasarla bien y era mejor desplazar hacia el olvido los escasos malos momentos que había experimentado en Cuba desde su primer regreso como “triunfador” en el exilio.

Después de saltar de barra en barra durante casi toda la tarde y una cena en uno de los nuevos paladares privados de la Habana Vieja, Antonio y su socio de jerga capitalina decidieron ir en busca de jineteras. Se sorprendieron al llegar al lugar donde la última vez habían conseguido dos jóvenes adolescentes para saciar sus deseos sexuales y elevarlos a fetichismos que hasta ese entonces habían solo concebido en sus atrofiadas mentes. Para comenzar, la tarifa había subido casi al doble y ahora tenían que lidiar con un hombre que parecía estar a cargo de las chicas. El discreto chulo esgrimió de inmediato el pretexto que las autoridades ahora monitoreaban la prostitución de manera más celosa, particularmente si podía haber menores involucradas y que su presencia ahí era solo con el fin de ayudar a las muchachas y a los clientes a “coordinar”, todo a cambio de una propinita por sus buenas intenciones.  A regañadientes, Antonio y Carlos accedieron a los nuevos precios y ambos terminaron pasando la noche con dos chicas de 16 y 17 años respectivamente en un apartamento que les resolviera el sutil agente que habían encontrado como parte del nuevo menú de sexo tropical.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban Carlos le comentó a Antonio que le había resultado un poco difícil “concentrarse” en su lujuriosa misión de la noche anterior y atribuyó su distracción al hecho que habían tenido que pagar más por las chicas y de que ahora además existía un mediador en el proceso. Antonio se echó a reír y le dijo: -“Carlos, estate quieto. Acuérdate que ya no somos tan jóvenes y que ya está mermando nuestra potencia, por eso he redoblado en este viaje mis vitaminas especiales. Te presento a mis nuevas e inseparables compañeras: Viagra y Cialis. Antes de despedirnos mañana, te dejaré unas cuantas y después me cuentas si mejoraste o no tu actuación”.-

Al arribar en Sancti Spiritus, Antonio omitió su habitual primera parada por la casa de su amigo Luis y prosiguió hacia el Paseo Norte, donde vivía Felipe, quien lo aguardaba con los detalles del nuevo romance tramitado a distancia, que sin duda alguna habría de devolverle a Antonio mucha de la autoestima perdida durante el viaje anterior. Todo quedó pactado para esa noche de mediados de diciembre, cuando conocería a su nueva novia, Natalia.

Alrededor de las siete arribaron a la puerta de la casa que se encontraba en Garaita y Antonio tuvo que emplear toda la reserva que su condición de visitante privilegiado le daba a sus nervios para tratar de disimular su excitación frente a la perspectiva del encuentro. Se abrió la puerta y apareció la figura de una sonriente mujer de pelo negro y tez blanca quien de inmediato extendió su mano derecha hacia el desconcertado Antonio a tiempo que decía: -“Bienvenido Antonio, que deseos tenia de conocerte en persona, Felipe me ha hablado tanto de ti”.-

La expresión inicial de asombro en el rostro de Antonio se transformó de inmediato en una sonrisa maliciosa, acompañada de cierto brillo rapaz en sus ojos, mientras le respondía el saludo a Natalia: -“Y tu eres tan linda como te pintó Felipe. El gusto es todo mío”.-

Felipe interrumpió el romántico preludio abruptamente: -“Bueno, los dejo para que no pierdan tiempo en conocerse. Antonio solo vino por dos semanas esta vez y yo no hago nada aquí. ¡Qué la pasen bien!”-

Las dos semanas que siguieron fueron un torrente de emociones para la pareja. Antonio y Natalia festejaron las recobradas Noche Buena y Navidad cubanas de una forma que ninguno de los dos podía recordar haberlo hecho nunca antes en sus vidas. Para él, la compañía de una mujer tan desenfadada y dispuesta y su ventajosa posición económica con aire de extranjero próspero, dentro de la relativa pobreza del mundo alrededor,  lo enardecía de tal manera que en los primeros días pareció olvidarse por completo de sus acompañantes de viaje, Viagra y Cialis. Para ella, la oportunidad de disfrutar gracias a Antonio tantas cosas nuevas, hasta ese instante vedadas al alcance de su condición de ciudadana de segunda en su propio país, hacia brillar su blanco rostro con una sonrisa permanente de total satisfacción.

El fin de año lo pasaron en Los Laureles y juntos disfrutaron la alborada del nuevo como intrépidos jóvenes amantes; haciendo el amor en un entronque de la Carretera del Jíbaro en el carro que Antonio había alquilado para los últimos días de sus gloriosas vacaciones espirituanas

La despedida formal fue la noche del dos de enero en la casa de Natalia, ya que Antonio debía regresarse a la Habana la mañana siguiente para tomar el avión dos días después hacia los Estados Unidos y decidió pasar la última noche en la casa de Juán Pedro, el chofer que lo llevaría en su Chevrolet del 1955 a la capital. Hubo promesas mutuas de amor en la última velada de la nueva pareja.  Antonio, después de darle los últimos ochenta cucs que le quedaban de las vacaciones a Natalia,  insistió en enviarle cien dólares mensuales para que poco a poco fuera arreglando la casa, se comprara nuevos vestidos y sobre todo para que se alimentara bien. Natalia, agradecida, no titubeó en confesarle a Antonio que si en algún momento prefería que ella se marchara con él al norte, lo haría sin reparos ni condiciones, solo por amor.

Al romper del alba, se hallaban en marcha Antonio y Juan Pedro, cuando repentinamente el primero le dijo al viejo conductor: -“Oye Juán, sabes que me gustaría pasar una vez más para ver a Natalia antes de irme. ¡Coño, cómo me gusta esa mujer!”- Juan accedió y unos minutos después se encontraban frente a la vivienda de Natalia en Garaita. Antonio salió del carro y se acercó a la puerta entreabierta. La empujó sigilosamente y quedó atónito con el espectáculo que se abría ante sus desorbitados ojos:

-“¡Natalia, Felipe, pero que hijos de puta, ustedes son amantes!” Antonio había sorprendido a su novia y a su amigo en medio de un abrazo pasional y besándose. –“¿Qué me pueden decir de esto?“- prosiguió Antonio eufórico.

-“Cálmate Tony, no seas tan ingenuo”- respondió Felipe, sin inmutarse, mientras Natalia se alejaba de los dos hombres. -“Natalia y yo tenemos una relación desde hace varios años”, continuó Felipe, -“y esto que hemos hecho lo discutimos y analizamos cuidadosamente. No se trata de una falta o un engaño. Aquí, si te tranquilizas y lo piensas, todos salimos bien; tú has tenido las dos mejores semanas de tu vida y Natalia y yo resolvemos. A mí no me ves disgustado porque tú te estuvieras acostando con mi mujer por quince días. Si estás dispuesto, podemos repetir estas vacaciones cada vez que tú quieras. Esta es la Cuba de hoy mi hermano. ¡Hay que resolver!”.

21 de julio de 2015

www.cubasegundomilenio.com

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