¿De qué tiempo eres?

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¿De qué tiempo eres?
Por Luis F. Brizuela Cruz
Uno de los daños más significativos de la larga dictadura castrista comunista podría ser la subdivisión de los cubanos en grupos; de forma más notable obviamente en la diáspora, pero en décadas recientes, con la economía de remesas, también dentro de la isla cautiva. El cubano, esa entidad tan fácil de reunir y prácticamente imposible de unificar -como aludiera el Profesor Luis Aguilar León- ha sido magistralmente utilizado, directa o indirectamente,  por las huestes maquiavélicas del régimen fidelista por más de medio siglo, logrando preservar un decadente, aunque casi imperceptible, estado de perpetua hostilidad entre integrantes de una misma cultura.  
Cada vez que escucho compatriotas, de antes, luego o después, referirse a Fidel castro como “inteligente”, de inmediato tiendo a cuestionar, no tanto la veracidad de dicha opinión, sino más bien el complemento sin el cual el “programa” del Castrismo quizás nunca hubiera alzado vuelo: nuestra atropellada inteligencia social colectiva. Posiblemente brillantes, simpáticos, raudos de pensamientos y tenaces, son atributos que nos destacan individualmente a los cubanos; creando por consecuencia un lógico espejismo de éxito colectivo, indudablemente manifestado por un sin número de logros alcanzados, particularmente desde que el comunismo de la isla impulsó al primer lote de cubanos a la aventura del éxodo. Sin embargo, la cronología del destierro, ciertas innatas características ancestrales de todos los cubanos e indudablemente las múltiples capas de reprogramación a las que hemos sido sujetos ya prácticamente la mayoría de los cubanos que estamos vivos, nos han proyectado como cometas hacia un infinito donde, dependiendo de nuestra memoria y trayectoria individual, buscamos la órbita donde enclavar convicciones y paradigmas que nos agrupan en casilleros marcados primordialmente por la extraña ficción de un tiempo caprichosamente borgiano.
Y, ¡cuán diversos pueden ser los atajos que nos conducen a nuestras órbitas personales, de donde después lanzamos toda nuestra crítica a los compatriotas que se desplazan en otras esferas, acaso de igual subjetividad intransigente, mientras la infamia que hizo más agudas nuestras diferencias –y hoy es nuestro único común denominador- se perpetúa burlonamente en la inmortalidad que nosotros mismos le hemos fabricado!
Vivo fascinado -ya a estas alturas más que intrigado- por la diversidad de ideas, de opiniones y posturas sociopolíticas  de nuestra gente, sobre todo cuando la cronología del éxodo de algunos no parece compaginar con la lógica que esgrimen en sus polémicas. Es como si el motor del cubano más antiguo hubiera “dado la vuelta” proverbial al punto de partida, cuando ese mismo sujeto en cuestión reconoce, en capacidad de su mejor admisión, haber “mal leído” las intenciones del déspota de Birán. Aun con una vida rehecha en la diáspora, primordialmente estadounidense, a donde muchos de estos miembros del llamado “exilio histórico” trajeron a sus hijos pequeños en las décadas de los sesenta y setenta (entiéndase que cierra con el éxodo del Mariel en 1980), ahora en el ocaso de sus vidas algunos se manifiestan con tendencias favorables al régimen que desde su juventud sigue imperando en la isla y muchos han  regresado para festejos y celebraciones familiares. Con un extraño orgullo morboso, pretenden mostrarles a sus descendientes la burla y el ultraje que un grupo de psicópatas ha cometido con la tierra de sus abuelos. Hasta sus posiciones con respecto a la política de su patria adoptiva resultan totalmente contradictorias a la lógica evolución de mentes que deberían haber aprendido una o dos cosas acerca del socialismo como antesala de la abominación comunista.
Lejos de proyectarse como mentores y guías de las aturdidas y despolitizadas generaciones de cubanos que nos han seguido, encontramos que muchos de los de antes confraternizan con los “desorientados” de luego y de después -o con los “infiltrados”- en su reconocimiento de las virtudes ilusorias de la tiranía cubana, mientras ésta, en su afán de sobrevivencia, sigue haciendo y deshaciendo con los mismos niveles de impunidad que ya mostraba al comienzo de la década del sesenta. ¿Qué clase de futuro nos aguarda como cultura cuando de muchos de nuestros mayores solo escuchamos o leímos paradójicas diatribas que parecen contradecir lo que una vez otros de nuestros precursores nos enseñaron sobre nuestra involutiva historia, la cual no parece haber dado el más mínimo giro,  aun después de las promesas y vaticinios del primer presidente socialista estadounidense, idolatrado por varias generaciones de cubanos exiliados?
Ante la subjetividad del título de este ensayo, me veo en la obligación de dejarles saber, a aquellos que desconocen mi humilde e insignificante historia personal, algunos pormenores de la misma:
Nací en Sancti Spíritus, ciudad colonial de la entonces provincia de Las Villas, en 1957. Soy hijo de “viejos”, ya que mis padres me tuvieron casi a los veinte años de casados, por ende mis contemporáneos tenían padres que eran 15 ó 20 años más jóvenes que los míos. Mientras aprendía a caminar, algunos de los amigos de mi padre, sobre todo aquellos de posición privilegiada dentro de la sociedad cubana pre castro, estaban involucrados en la lucha oculta contra la tiranía de Fulgencio Batista. Al llegar al exilio a principios de los setenta, mi padre me señalaba quienes de sus amigos de antaño habían sido algunos de los “muchachos revoltosos”, cuyos padres en ocasiones se vieron forzados a “despachar” para los Estados Unidos por temor a las represalias batistianas. Algunos de estos personajes habían regresado a Cuba después del triunfo de la revolución, convencidos que ahora si habría justicia e igualdad social en la patria. Posteriormente, la mayoría habían retornado a los Estados Unidos años más tarde, después de su decepción con el castrismo y conducían sus vidas normales de estadounidenses, proclamando su  fervor por regresar a liberar a Cuba del comunismo.
Después de una primaria en el colegio Carlos de la Torre, durante los años intermedios de la década del sesenta cuando íbamos quedando pocos de nosotros que sabíamos que nuestra escuela había sido la Presbiteriana, la secundaria básica fue trasladada a los campos de Banao, Pojabo y Flor del Campo como experimento del ingenioso gobierno para impulsar la producción agrícola de la nación y simultáneamente fragmentar la familia tradicional cubana. Era la primera vez que el vivaz pueblo cubano quedaba enmudecido ante la voluntad omnipotente de un nuevo déspota, como nunca antes se había visto por aquellos rumbos de perpetua intranquilidad y equitativa inconformidad.
Llegamos, como núcleo familiar vía Varadero en 1971 y, como diría Chirino, “comenzó mi vida de extranjero”. Mi mundo, el único que realmente había conocido, había quedado atrás en mi Sancti Spiritus y en mi Pojabo, con los amigos y las cuitas amorosas de la infancia y temprana adolescencia. La política de mis mayores no era más que el fondo de una película que yo me inventaba a diario en mi mundo sutil de fantasía, ahora de repente vestido en atavíos de polizonte. Entonces me forjé en estos Estados Unidos de América y conocí el libre albedrío y la virtud de la esperanza renovada con cada amanecer en la libertad. Aprendí a amar a mi nueva patria con sus defectos e infinitas virtudes. Descubrí varias generaciones, comenzado con los sedimentos y las secuelas de la primera generación de americanos con todo resuelto y el germen de la protesta y la insatisfacción en sus entrañas. Presencié la sucesión de gobiernos y el proceso, quizás a veces atropellado, de la democracia, mientras en Cuba se perpetuaba un tirano.
Vi a nuestra gente cambiar, desunificarse, tratar de racionalizar de formas casi inconcebibles nuestro proceso sociológico cubano, lo cual me llevó a comprender que todo lo ocurrido era el resultado de nuestra propia fechoría e incompetencia como sociedad; la acumulación de décadas, acaso siglos de una extraña paradójica idiosincrasia donde se debatieron siempre –incesantes- candor, fervor, envidia y arrogancia. Tuve la dicha de constituir una familia y poder seguir de espectador pragmático de los mundos paralelos de Estados Unidos y Cuba, mi derrotero. La infamia del Castrismo solo logró aumentar en magnitud dentro de mi mente y mi corazón condenado al destierro -aun en inglés. Entre más conocí libertades, más fue sufriendo el ave enjaulada dentro de la patria de mi alma. De igual manera se acrecentó mi odio hacia el tirano maquiavélico y burlón y contra todo aquello que, por definición, pudiera aproximarse a sus perversas mañas ya fuera en los Estados Unidos o en la esfera global.
Hoy vivo fatigado por las discrepancias que ya parecen habernos condenados perpetuamente como cultura, tal vez no vencido, pero si fatigado; fatigado de tantos éxodos ajenos, con diversos propósitos, con nuevas causas y aun sin ellas. Pero nada me aflige más que la capitulación de los de mi tiempo. ¿Cómo ha podido la ficción del tiempo cubrir la herida que sigue abierta y sangrando en el corazón del cubano? Nada se ha logrado en Cuba, ni se logrará, mientras perdure la tiranía que nos cambió como cultura. Si quieren confirmarlo, pregúntenle al cubano de a pie, aquel que no tiene ayuda familiar del exterior y que ha visto su vida deteriorarse aún más desde las “aperturas” unilaterales propuestas en diciembre de 2014 por un presidente estadounidense fascinado con todo aquello que la dictadura cubana representa, entre otras cosas el desafío de más de medio siglo contra el “imperio” que él dirige y detesta a la vez.  
¿Se les habrá olvidado a esos de mi tiempo, o del tiempo anterior al mío, que a nosotros nos hicieron creer que el Adiós a la patria era para siempre? O al menos hasta que ésta fuera verdaderamente libre.

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