¿Cuál será nuestro futuro?

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Cuba

¿Cuál será nuestro futuro?
Por Luis F. Brizuela Cruz
Aplaudo la portada de la edición anterior de El Fénix del Yayabo y la decisión de comenzar a incluir artículos en inglés, guiados a que nuestros hijos y nietos, nacidos y/o criados en libertad en los Estados Unidos, puedan asimilar mejor nuestros testimonios acerca del proceso cubano; equiparar por si mismos con mayor certitud nuestros defectos y virtudes y tal vez, en un futuro no muy lejano, asumir el liderazgo que enmiende los errores de nuestro pasado, pulverice la abominación que aflige en el presente a nuestra isla cautiva y nos encamine hacia un renacer redentor como cultura.
Creo, fervorosamente, que la Asociación de Espirituanos y la revista El Fénix han doblado una esquina transcendental de nuestro casi siempre afable, pero en tantas ocasiones atropellado andar por los azarosos parajes de un exilio que, por prolongado y complejo, a veces no encuentra su brújula y hasta duda de su destino. Como asiduo observador de nuestra idiosincrasia, mientras escribo este ensayo imagino los inevitables comentarios y críticas incitadas por la imagen de un joven con la bandera de Cuba dibujada a todo color sobre su rostro de mirada inquisidora y la frase “¿Cuál será nuestro futuro?” Particularmente si esta imagen adorna la portada de un vehículo mediático que primordialmente ha estado dedicado a promover y a cubrir actividades sociales festivas o solemnes, pero políticamente correctas o al margen de la política.
Después de casi seis décadas de castrismo-comunismo, durante las cuales varias generaciones de cubanos han sido víctimas y testigos de uno de los más despiadados genocidios sociológicos en los anales de la historia -acompañado de su alarmante cuota de fusilamientos, torturas e injustos y excesivos encarcelamientos- no hay nada más apropiado que cuestionarnos acerca de lo que nos depara el futuro. Posponer tal interrogante sería, en el mejor de los casos, conceder al tirano la oportunidad del triunfo definitivo que él mismo ha sido inmensamente torpe en obtener por su inherente condición psicopática y su incapacidad obvia. En el más horripilante de los casos, sería someter lo sensato y valioso que aún queda de nuestra cultura a su total e irrevocable desaparición.
Creo, pragmáticamente, que a las tantas décadas de distracción y desorganización que precedieron al maquiavelismo fidelista, ya también le han seguido muchas otras de desunión y obsesivo protagonismo, debilidades que ha aprovechado la tiranía de la isla para perpetuarse en el poder. Ninguna organización o institución de cubanos, ni ningún cubano individualmente debe pretender separar jamás nuestro estilo personal de vida, o nuestra participación en las sociedades donde nos ha tocado reinventarnos, de aquello que ya ha pasado a ser parte integral e irrefutable de la identidad de todos nosotros: nuestra condición de desterrados; ya sea esta involuntaria o revestida, como en épocas recientes, con híbridas y superfluas razones y justificaciones. Negar esta realidad sería pretender escapar de nosotros mismos como representantes de una agrupación humana. Irónicamente, los emisarios asignados por el sistema que clamamos como nuestro común enemigo, o ese tonto útil de cubano que muchas veces termina entre nosotros por esas cosas de la vida, suelen hacer un mejor trabajo a favor de ese enemigo que el que realizamos nosotros en contrarrestar la infiltración de su virus maligno.
Me desanima pensar que muchas de nuestras batallas cotidianas, las cuales son a estas alturas más sobre sentido común que ideología, suelen quedar inconclusas ante la tenacidad de un enemigo improductivo, pero plenamente dedicado a difundir los incoherentes preceptos de la más desacertada doctrina que ha visto la humanidad desde su inicio y que contradice hasta la misma naturaleza del hombre. Muchos de los cubanos sensatos y amantes de la libertad seguimos, lamentablemente, distraídos con nuestras tendencias pachangueras que heredamos de nuestros ancestros, al igual que predispuestos a evadir la confrontación política, sobre todo cuando enfrentamos la demagogia fanática izquierdista que acecha por doquier. Tantas generaciones después, todavía muchos solemos retraernos ante el asedio de la retórica socialista o comunista, justificándonos como “apolíticos”. Ningún ser humano que aspire a vivir en libertad, puede jamás desasociarse de la política o de la religión sin permitirse a sí mismo ser cómplice de toda calamidad social que a su mundo venga. La política y la religión, esos temas de los cuales nos alejamos, asumiendo que obramos en beneficio de la mayor armonía y hermandad universal, son las fuerzas que rigen nuestro cotidiano vivir y con las que solo podemos pactar conociendo sus laberínticos recodos. Si nos resistimos a tratar de entender y no nos ocupamos de la política y la religión, estas congénitas manifestaciones de la imperfección humana nos gobernarán casi siempre de forma injusta, trayendo a nuestro mundo individual y colectivo incalculables niveles de detrimento. La contundente evidencia acumulada a través de todos los malogrados ensayos comunistas del siglo veinte y sus asolapadas versiones socialistas del nuevo milenio debería ser más que suficiente para que los pueblos despertaran y comprendieran que no existe futuro alguno dentro de la práctica de estas descabelladas aplicaciones cosmológicas.
Política y religión no son precisamente afiliaciones específicas a un dogma o un credo. Son el manejo consiente e inteligente de las normas y los preceptos que, amparados por el sentido común, califican como cánones universales para el buen comportamiento y la consideración hacia el prójimo. El bien y el mal se resumen a definiciones extremadamente elementales que pierden su llano contexto original en el instante que un ser humano, un gobierno o un pueblo entorpece su razonamiento, víctima del descuido, la arrogancia o el egoísmo. La historia ha demostrado que el hombre, aunque capaz de reconocer la simplicidad de la fórmula para su fraternal coexistencia, tiende a desviarse de tal curso, recurriendo a la adaptación de creencias y posturas alentadas por una milenaria sucesión de causas y efectos que han llegado a constituir nuestro singular, complejo y desordenado universo. Política y religión, han pasado a ser, irrevocablemente, los parámetros que contienen y a la vez propagan el desorden universal. Solo nuestra dedicada participación en la búsqueda incesante -dentro de dichos parámetros- de todo aquello que expone los derechos inalienables del hombre como la vida, la libertad y la aspiración a la felicidad, nos podría regenerar como la agrupación humana que se nos ha permitido integrar.
Nuestra subdivisión cubana de la humanidad tiene ante sí una larga y ardua misión que cumplimentar. Revertir los daños causados por la infamia del castrismo podría fácilmente tornarse en una obra de varias generaciones de cubanos bien intencionados y abnegados. Reconstruir a la Cuba material luce como una posibilidad menos remota, pero restaurar los valores cívicos y morales aniquilados por la plaga del comunismo castrista habrá de requerir el mayor nivel de sacrificio, cooperación y humildad de parte de todos los cubanos de la isla y de la diáspora. Inconclusas podrían siempre quedar las respuestas que tratan de explicar por qué algunos países y sociedades han sido marcados con un mayor designio de vicisitud, desolación y pena, aunque podríamos seguir enfrascados en extensas conjeturas y polémicas al respecto que no resolverían absolutamente nada. Nuestra historia cubana ya parece haber arrojado un elevado saldo de penurias y enseñanzas; lo suficiente tal vez para por lo menos tratar de comenzar a enfocarnos en futuras soluciones al “singular problema” personificado por Fidel Castro y sus secuaces, quienes han hecho todo lo posible por demostrarnos su irrefutable culpabilidad con más de medio siglo de absoluto fracaso social. El tiempo de seguir merodeando las diversas culpas y supuestas razones que nos han traído a este momento histórico debe llegar a su fin, si es que aspiramos a elevarnos sobre nuestros estigmas y nuestros antiguos resentimientos y diferencias. Estimo que posponer un día más el consenso unánime entre todos los cubanos de que el mal que nos aflige, nos disminuye y nos separa, es el gobierno castro-comunista de la isla, equivaldría al desahucio de lo que nos queda de patria. Es tiempo de todos formularnos la pregunta: “Cuál será nuestro futuro”. La historia universal también nos ha enseñado que la búsqueda a la solución de cualquier mal solo es posible comenzando con la identificación del mismo. Solo entonces, unidos bajo una misma convicción, podremos comenzar la restauración de la patria que sufre y espera.
9 de abril de 2014
www.cubasegundomilenio.com
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