Autobiografía de un reloj Poljot

Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Autobiografía de un reloj Poljot
Por Luis F. Brizuela Cruz

Soy un reloj ruso Poljot de 29 joyas, automático, y llevo viviendo sedentariamente en los Estados Unidos desde hace más de cuatro décadas. Si los objetos tienen alguna humanidad oculta, o si la labor o misión de algunos transcienden los parámetros de la inteligencia e inquietudes humanas, entonces por mi compleja trayectoria y sobre todo por mi estrecha relación con el misterioso concepto llamado “tiempo”, me atribuyo el derecho, la lisonja quizás, de contar mi historia.
Fui creado en 1964, en la que en aquel entonces era la Unión Soviética, tres años después que mis antecesores recibieran aclamo universal gracias al cosmonauta Yuri Gagarin que usó un Sturmanskie en su vuelo espacial. Para aquellos que no saben mucho sobre la historia de la Unión Soviética y su industria relojera, Sturmanskie viene siendo para mí como un padre o mejor diríamos un tío, con mayor sofisticación, que fue confeccionado con el propósito específico de asistir y representar desde el punto de vista de la relojería en asuntos de la aviación convencional. Cuando Gagarin inmortalizó a mi antecesor usándolo en su viaje hacia la estratósfera, la empresa que fabricaba nuestro lote decidió mi nuevo nombre, Poljot, que significa “vuelo”. Con el paso de nuestro tan entrañable e intangible elemento fuimos naciendo otros modelos. Podríamos decir que yo soy de los “básicos”, aunque durante la época de mi creación una correa de cuero flanqueando una esfera plana redonda con tres agujas categorizaba como elegancia casual en el mundo de la relojería.
Mi primer dueño fue un joven ruso, asesor técnico militar especializado en antiaéreas, llamado Andrick. Su primera misión internacional, durante los días de la Guerra Fría, fue viajar a Cuba con un contingente que entrenaría a las tropas cubanas para repeler cualquier posible ataque de los Estados Unidos. Los padres de Andrick lo sorprendieron dos noches antes de su partida desde Leningrado hacia Cuba con un obsequio que el joven venia añorando por años: un reloj de muñeca que sería yo. Como muchos jóvenes protagonistas de ese periodo, cuando el mundo vivía en constante tensión ante la posibilidad de que la Guerra Fría pudiera escalar a un desastroso conflicto nuclear, Andrick sucumbió al cabo de unos meses de estar en Cuba a la adicción del alcohol, de manera que solía abandonar la base militar con frecuencia, desatendiendo sus responsabilidades para ir en busca de cualquier brebaje que aplacara sus enfermizas ansias.
Ya para mediados de la década del sesenta resultaba difícil conseguir bebidas alcohólicas de calidad en la isla caribeña. Las otrora potentes empresas cubanas, incluyendo las cervecerías y fábricas de licores, habían sido intervenidas por el estado y sus dueños y administradores originales se habían marchado al exilio, donde muchos de ellos ya reiniciaban sus maniobras empresariales con marcado éxito, casi instantáneo. La población cubana comenzaba a darse cuenta que los improvisados sustitutos que ahora manejaban las fábricas y negocios cubanos carecían del conocimiento y del incentivo que solo el engranaje de la empresa privada era capaz de generar y que el estado, ineptamente, pretendía reemplazar con lemas y propaganda. Se comenzó por ese entonces la confección ilícita de bebidas alcohólicas en los hogares por parte del cubano de a pie. Esto conllevaría, en corto plazo, al surgimiento en el mercado negro de pociones altamente dañinas a la salud, en las que en algunos casos se empleaba alcohol de madera o formol como base para lograr el primordial efecto de alterar los sentidos del vicioso. En solo unos meses brotaron, en medio de la severa persecución de estas químicas delictivas por parte del gobierno, alarmantes estadísticas de enfermos y muertos envenenados por la letal fórmula de los brebajes. Andrick, a punto de cumplir sus veinticinco años, habría de perder su vida en un callejón de la Habana Vieja, víctima de una extraña aleación con alto contenido de formol para el pago de la cual me había vendido a un desconocido unas horas antes de su muerte. Mi nuevo dueño pasaría a ser un cubano, joven padre de familia, que ya comenzaba también a vivir su propia odisea y en el medio de la cual yo sería, nuevamente, un objeto de valor trocable; capaz de mitigar penas y también engendrar ciertas alegrías y satisfacciones. Del otro lado del Atlántico mi destino se forjaba en medio de la vorágine que vivía el pueblo cubano.
Gonzalo, mi nuevo dueño, personificaba con certera exactitud ese individuo que había sido atrapado en la transición de gobiernos de Batista a Castro, en el preciso momento cuando pasaba de la adolescencia a la adultez. Alcanzó sus dieciséis años el 1º de enero de 1959, el mismo día que quedó oficializado el triunfo de la revolución encabezada por Fidel Castro y que derrocara la dictadura de Fulgencio Batista. Desde el Ataque al Cuartel Moncada en 1953 por Castro y sus secuaces, Gonzalo había sido testigo del fervor y la pasión de sus padres por la causa revolucionaria que prometía al novedoso y pachanguero pueblo cubano desmantelar la corrupción y los excesos de la década del cincuenta. Para el otoño de 1965 sus padres, totalmente decepcionados con la mentira fidelista, habían recibido la autorización del gobierno para marcharse del país que al menos les permitiría librar a los dos hermanos de Gonzalo, de 13 y 11 años respectivamente, del servicio militar obligatorio que los convertía en propiedad del estado desde los 15 hasta los 27, imposibilitándolos de salir del país durante ese tiempo. Era una disyuntiva angustiosa y complicada, ya que dejarían detrás a Gonzalo, pero éste ya era un hombre de casi 23, casado y con una hija de dos años que había nacido enferma. Una vez fuera de Cuba, estimaban los padres de Gonzalo, podrían ayudar con las medicinas para el tratamiento de su nieta y esta alentadora idea les ayudó a hacer menos difícil su decisión de partir.
Al mes de despedir a sus padres y hermanos con la promesa de volverlos a ver algún día, se hallaba Gonzalo forrajeando dentro del mercado negro que se venía proliferando por la continua escasez que plagaba la isla, cuando conoció a Andrick en un restaurant de la Habana Vieja. Gonzalo había acordado con unos guajiros encontrarse allí para la compra de varios pollos y cinco libras de café. El dueño del restaurant era un viejo amigo del padre de Gonzalo y le permitía conducir las operaciones de compra y venta en la trastienda del negocio. Andrick por su parte había entrado al lugar contrariado y ansioso de alcohol, pero con poco dinero para comprarlo si se aparecía uno de los suplidores que solían merodear el establecimiento. Mientras tomaba un café y se fumaba un cigarro ruso observó a Gonzalo que extraía un fajo de billetes del bolsillo y lo contaba discretamente con sus dos manos debajo de la mesa donde se hallaba sentado a varios metros de distancia del soviético. Sin reparos, Andrick lanzó una oferta que llevaba tono casi de súplica:
-“¿Amigo, quiere comprar un reloj ruso Poljot?”-
Gonzalo, sorprendido, volteó su rostro en dirección al soviético a tiempo que guardaba el dinero en el bolsillo más distante al desconocido.
-“No se asuste amigo”- prosiguió Andrick en su español rudo. -“No soy de la secreta, ni quiero perjudicarlo. Es que me he quedado corto de dinero y veo que usted tiene, pero no tiene reloj. Con ochenta me conformo. La semana próxima cobraré mi salario, pero hasta entonces no me alcanza lo que tengo”-
De nuevo en control de sus nervios, Gonzalo pudo notar que el balbuceo de Andrick provenía más de su estado de embriaguez que de su dificultad con el idioma y esto lo hizo atreverse a la contraoferta:
-“Solo dispongo de 60. El resto lo necesito para comprar otras necesidades. ¿Qué me dice?”-
-“Trato hecho muchacho. Aquí tienes un buen reloj. Cojo los 60”- concluyó el ruso.
Desde el fondo del restaurant el dueño le señaló a Gonzalo que podía pasar; indicio de que habían llegado los guajiros quienes seguramente habían entrado por la parte de atrás. El joven cubano se puso de pie mientras sacaba los sesenta pesos de su bolsillo. Con disimulo hizo un breve desvío en dirección a donde estaba sentado Andrick, extendió su mano derecha con el dinero y con la izquierda, tembloroso, me tomó de la mesa donde el militar me había colocado al desmontarme de su muñeca momentos antes. Acababa de ser transferido a mi segundo dueño, Gonzalo, pero la estancia en mi primer hogar cubano seria de tan solo dos años.
La enfermedad de Sofía, la hija de Gonzalo, requería un tratamiento constante de medicamentos que ya eran prácticamente imposibles de conseguir en las farmacias estatales de Cuba. Los envíos de medicinas desde el exterior resultaban lentos y en ocasiones hasta solían extraviarse durante la trayectoria tan prolongada y llena de corruptos escrutinios gubernamentales que había engendrado la discordia entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Los paquetes de medicina enviados por los padres de Gonzalo directamente desde los Estados Unidos o a través de España a veces no llegaban a tiempo para reponer el abastecimiento constante requerido para preservar la salud de Sofía.
Una fría y lluviosa mañana de diciembre de 1967, después de una semana sin medicamentos y viendo a su hija empeorar vertiginosamente, Gonzalo decidió acudir a un médico de Luyanó sobre quien le habían dicho que clandestinamente mantenía cierto inventario de medicinas que le enviaba su hijo, también doctor, desde los Estados Unidos y con el cual atendía a viejos pacientes y amigos, al igual que a cualquier persona que apareciera con alguna emergencia como la de Gonzalo, siempre que estuviera referida por alguien de confianza y absoluta discreción. El peligro de ser descubierto por agentes del gobierno castrista constituía la automática revocación de su licencia de médico y encarcelamiento por un mínimo de diez años.
Gonzalo se presentó a la casa del septuagenario Dr. Prado, hizo mención del mutuo amigo que lo había referido y el afable galeno lo hizo pasar hasta un cuarto que había en el fondo de la casa.
-“Dígame, Gonzalo, ¿Qué edad tiene su niña?”-
-“Cuatro, Doctor. Y la medicina ha sido siempre Seguril o alguna alternativa”- respondió Gonzalo nervioso.
-“Cardiopatía congénita, por lo que veo”- señaló el médico.
-“Así es Doctor. La medicina primero la conseguíamos, después mis padres me la han estado enviando, pero parece que el último paquete se ha perdido y estoy desesperado. ¿Me puede ayudar?”- suplicó Gonzalo.
-“Tengo otro tipo de furosemida que me envió mi hijo y con el que vas a resolver. Claro que tendrías que dividir la dosis por la edad de la niña. Luego cuando llegue la que te envían tus padres, suspende la que te voy a dar y sigue con la que le has venido dando”- explicó el médico.
-“Gracias Doctor, gracias. ¿Cuánto le voy a deber?”-
-“No sé si estás al tanto que lo de mi hijo y yo es una misión, más que un negocio”- aclaró el galeno. –“Él y yo hicimos un pacto cuando se recibió de médico en los Estados Unidos y por acá ya se nos estaba cerrando el mundo. La idea fue del; quiere de alguna forma mostrar su agradecimiento por su suerte de haber salido de este infierno y encontrar una vida normal en el norte. No obstante, hemos acordado cobrar algo para poder continuar nuestra misión. ¿Estarías en condición para pagarme 90 pesos?”-
-“Traigo solo 80. Hasta hace poco me quedaba reserva de lo que me dejara el viejo al irse para los Estados Unidos, pero se me ha ido agotando y hoy vivimos al día. Podría dejarle el efectivo que tengo y mi reloj, es un Poljot ruso. No es malo”- propuso Gonzalo, nervioso.
-“Sé que no es malo”- sonrió el doctor. –“Acaso lo mejor que nos han traído los soviéticos. Tengo una idea, me quedo con tu reloj y tú te quedas con el dinero. Sé que lo vas a necesitar para otros gastos necesarios”-
-“Infinitamente agradecido Doctor. Le debo la vida de mi niña y la mía”- clamó Gonzalo emocionado, al tiempo que guardaba el dinero en su bolsillo y me quitaba de su muñeca.
-“Suerte muchacho. Suerte para todos nosotros. Estimo que la vamos a necesitar por mucho, mucho tiempo. Regreso en unos instantes con la medicina”-
Con mi nuevo dueño, el Doctor Prado, habría de encariñarme profundamente sobre los próximos tres años y medio. No solo pasé a ser su fiel acompañante desde la mañana en que Gonzalo me utilizara como pago por la medicina para su hija, sino que fui testigo de la noble misión protagonizada por ambos doctores Prado, padre e hijo, uno dentro y el otro fuera de Cuba, aliviando las calamidades corporales de un pueblo y de igual manera, en tantas ocasiones, sus congojas emocionales y espirituales. Después de enviudar, en la primavera de 1969, agobiado por la soledad y las penurias de un mundo que se desmoronaba a su alrededor cada vez más con el paso de los días, el Doctor Prado, padre, decidió intentar el riguroso trámite para salir de Cuba y reencontrarse con su hijo. Durante los inmensamente largos dos años de espera por la autorización de la salida, creo haber fraternizado calladamente con las íntimas conjeturas de mi dueño acerca de su destino final que el presentía serían los Estados Unidos. En mi extraña condición de artefacto útil -acaso con un ápice de alma- en ciertos momentos sentí como que se apresuraba el mecánico conteo de mis segundos ante la perspectiva de que ese fuera también mi destino postrero.
En la tarde del 27 de abril de 1971 habría de conocer al que ha sido mi dueño hasta los momentos actuales. Ocurrió en la infame “pecera” donde solían aguardar los cubanos que viajaban a los Estados Unidos desde Varadero en esa época. La metafórica división de cristal en el aeropuerto separaba dos mundos que una vez habían sido el mismo y que ahora antagonizaban, dejando un saldo de insalvables distancias en las mentes y los corazones de una cultura que no volvería a ser la misma jamás. Solía ocurrir que los dos vuelos diarios a veces no resultaban suficientes para embarcar a todos los que escapaban de la cruenta realidad cubana hacia la libertad. Entre los rezagados aquella tarde y que deberían esperar durante toda la noche del otro lado del cristal, entre desvelos, temores y la melancolía del que aguarda un último Adiós, estábamos el Doctor Prado y yo, muy cerca de una familia de Sancti Spíritus que también esperaba la llegada del nuevo día. Ajeno estaba yo que en unas horas yo cambiaría de dueño, momentos antes de tomar el vuelo de la mañana hacia Estados Unidos.
Luis, el más joven de la familia de cuatro integrada por sus padres y una tía, era uno de los milagros de nuestro día final en Cuba. Acababa de cumplir catorce años y la historia que el elocuente adolescente le relató al Doctor Prado durante la noche me trajo recuerdos de las contadas por Gonzalo sobre la decisión de sus padres de sacar a sus dos hermanos de la isla cautiva antes de que llegaran a la edad militar. Creo haberme acercado más a la humanidad cuando advertí que para ese joven la trayectoria que habríamos de compartir en solo unas horas a lo largo del Estrecho de la Florida iba a cambiar de forma definitiva su destino.
En un gesto que nos sorprendió a todos, en la mañana del 28, momentos antes de abordar el avión, el Doctor Prado se acercó a Luis, mientras me desmontaba de su mano izquierda.
-“Luis, ha sido un verdadero placer conversar contigo durante todas estas horas de espera. Toma, te regalo este reloj, es ruso, pero no es malo. Sé que mi hijo en Miami tendrá un reloj nuevo para mí. Guárdalo como un recuerdo de este día, de habernos conocido, de un pedazo de historia cubana y la mejor de las suertes para ti y los tuyos muchacho”-
Luis me utilizó mucho en los primeros años de nuestra vida en los Estados Unidos. Me gratificó con dos buenas limpiezas de mantenimiento y un cambio estético de correa. Después vinieron otros relojes a su mundo, ya que mi nuevo dueño fue desarrollando una afición por la colección de máquinas de medir el tiempo e ingresé en un grupo constituido por Bulovas, Seikos, Citizens, Longines, Movados, hasta un Rolex y varios clásicos como yo. A Luis le gusta alternar y de vez en cuando me saca de mi letargo, me pone en hora, me da un poco de cuerda, me sacude levemente dos o tres veces y nos echamos a andar por estos parajes de libertad que llamamos nuestra patria desde hace más de cuatro décadas.

20638982_913040662166947_6050511552448669178_n


Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Leave a Reply