Aquellos Carnavales de 1970

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Aquellos Carnavales de 1970

Por Luis F. Brizuela Cruz

En calidad de joven exiliado, durante muchos años cuestioné la sabiduría, o carencia de la misma, por parte del gobierno fidelista en implementar los sistemas de la Escuela al Campo y la Escuela en el Campo, durante la década de los sesenta. Como partícipe de la segunda de estas dos versiones experimentales de estudio y trabajo a distancia del hogar, comenzando a los doce años en 1969 -y a pesar de la supervisión de los maestros y directores de los internados y de las instrucciones de los agricultores adultos- recuerdo que nuestra labor incluía sabotear inconscientemente las siembras y las cosechas. Con la excepción de los muchachos provenientes de las zonas rurales de la entonces provincia de Las Villas, ninguno de nosotros, los adolescentes de ciudades como Sancti Spíritus, habíamos tenido contacto previo con la tierra, excepto al deslizarnos en las improvisadas bases de los juegos de pelota en los terrenos de Melchor, Fernández Morera o la parte de atrás de la otrora Secundaria Básica José Martí.

Con el cursar del tiempo e incontables análisis de las intrigantes peculiaridades del maquiavelismo castro-comunista, me fui dando cuenta que, aun a riesgo de no lograr el máximo rendimiento de aquel cuerpo infantil de labradores, parte del plan contenía el éxito garantizado de antemano de moldear la primera generación de jóvenes hacia la deseada formación comunista. La sutil maniobra tenía impreso el sello de Patria Potestad desde su incepción. Cualquier grado de productividad obtenido de las tareas agrícolas efectuadas por los jóvenes cubanos de aquella época no era otra cosa que un beneficio secundario del formidable programa de separación y adoctrinamiento que se había puesto en marcha.

En junio de 1970 retornamos a nuestros pueblos y ciudades, después de finalizar nuestro primer curso de Escuela en el Campo, aparentemente en calidad de los mismos niños y niñas que habían sido desprendidos de sus respectivos núcleos familiares. Sin embargo, casi todos veníamos poseídos con el germen de la arrogancia e insubordinación inducida por la ausencia de los parámetros de conducta del hogar. La autoridad familiar había quedado drásticamente disminuida y los sujetos del sistemático experimento transferíamos, subconscientemente, nuestra lealtad y obediencia a la avasalladora maquinaria gubernamental de adoctrinamiento. Un mes después, los Carnavales o Fiestas Santiagueras de aquel año, completarían la revelación de nuestra prematura autonomía.

Las tradicionales celebraciones habían venido adquiriendo tonos sociopolíticos y eran ya festejos emblemáticos de la efeméride del 26 de julio, fecha que el gobierno había declarado como el principio oficial de la gesta revolucionaria fidelista. En fiel ejecución de los preceptos planteados por el manual comunista, se insertaban en cada evento o conmemoración los lemas y consignas que llevaban como misión penetrar y transformar la psique colectiva del pueblo cubano. Después de una larga década de desatinos, promesas incumplidas y fabricadas tenciones para justificar la ineptitud del sistema, la estupefacta ciudadanía de la isla forcejeaba con el dilema de la escasez material, la modificación impuesta de su comportamiento por parte del gobierno y las ansias de alicientes dentro de la vorágine en que se hallaba sumergida. El Santiago Espirituano pasaría a ser desde aquel instante un derroche desmedido de emociones reprimidas y de frustraciones sociales que habrían de acrecentarse con cada década de tiranía y represión. Como otra dádiva del gobierno, el reprogramado pueblo cubano habría de hacer de estos breves momentos de regocijo su oasis emocional con el estupor provocado por las fiestas. Con solo trece años y armado de la potestad otorgada por la subconsciente e inexorable transformación social de aquel tiempo y espacio, yo sería testigo ocular y emocional de impresionables acontecimientos que se fijarían para siempre en mi memoria.

Con el final de la década del sesenta fueron desaparecieron las elegantes carrozas que exhibían las féminas bellezas de nuestra ciudad colonial y exaltaban temas del folklor y la tradición espirituana. Reducidas fueron quedando también las exuberantes comparsas que incitaran a numerosas generaciones de espirituanos a “arrollar”. El derroche de la libre empresa había sido sustituido con el limitado e inferior abastecimiento estatal de productos propios de los festejos; desde comidas y bebidas hasta los suvenires emblemáticos. Locales y foráneos habrían de disputarse las escasas concesiones otorgadas por el inepto gobierno castro comunista. Los rudimentarios kioscos, estratégicamente situados en diversas partes de la ciudad, resultaban más una provocación que un suministro para los consumidores, ya que con la misma rapidez que se abarrotaban con el anuncio público de la llegada de algún  tipo de comida o bebida, así se quedaban desprovistos e inactivos por horas hasta la llegada del próximo abastecimiento. El patrón de los festejos replicaba con desconsoladora exactitud la atenuante realidad cotidiana de un pueblo desesperanzado y sometido a la voluntad y dictámenes de los dirigentes.

El niño que cada año procuraba, con enorme anticipación, las alegres serpentinas de papel que lanzaría después desde los hombros de su padre hacia las carrozas, presenciaría como adolescente incontables despliegues de violencia en aquellos carnavales espirituanos de 1970.  Recuerdo que la primera de las broncas estalló en una tienda que había entre el Renacimiento (Conrado Benítez) y el Colonial. Fue el clásico duelo entre un rubio foráneo de corta estatura y un mulato espigado, ex boxeador del barrio de  Jesús María. Se disputaban el turno que el primero alegaba que el otro le había quitado en la cola. Con la maestría pugilística que lo agraciaba, de un potente derechazo, el local le desbarató la nariz al de afuera, ensangrentando instantáneamente su camisa. Mientras el blanco se recuperaba, unos amigos apartaron de la escena al mulato y lo iban encaminando en dirección hacia las escalinatas del Progreso. De repente, chorreando sangre y seguido por una multitud febrilmente excitada con la querella, el rubio volvía en busca de su contrincante para el desquite, mientras le gritaba obscenidades. El ex boxeador logró zafarse de los que trataban de apaciguarlo y ambos hombres chocaron nuevamente frente al entonces Consolidado del Calzado. Por varios minutos intercambiaron golpes salvajes, provocando más sangre de ambos lados, hasta que fueron finalmente separados por algunos sensatos del público vidente. Fue entonces que alcanzamos a ver unos policías que arribaban, indagando acerca del suceso.

En los portales del Perla un hombre alto y corpulento, totalmente embriagado, hacia esfuerzos extraordinarios por resumir una postura de combate, mientras sangraba de manera profusa de heridas en ambos pómulos que parecían dos zanjas. A solo unos pasos, otro hombre de mediana estatura aguardaba para continuar infligiendo castigo al tambaleante borracho.  Cuando éste logró recobrar el balance, el sobrio asestó un golpe descomunal sobre la mandíbula del grande, derribándolo totalmente anestesiado por el duro impacto. La multitud enardecida se inclinaba sobre el cuerpo inerte y se oyó una voz sobre las demás: “busquen a la policía que este hombre está muerto”.

En una de las maratónicas colas que se formaban a lo largo de las aceras de nuestros cines espirituanos, presencié uno de los actos de abuso que más marcó mi joven humanidad. Un boxeador activo al que llamaban “Ratón” sacó de un jalón a un joven frágil de la fila e impunemente declaró que ese era ahora su puesto. Cuando el invadido trató de reclamar, el “Ratón” le propinó dos severos golpes, uno en la mejilla izquierda y otro en la boca que le sacó varios dientes. Mientras el joven era atendido por varios de los testigos, el agresor asumió de manera desafiante el puesto de la víctima en la cola, ante las miradas atónitas de los que allí estábamos.

Aquel verano muchos de los muchachos espirituanos también descubrimos la cerveza y sus extraños efectos. En una noche recorríamos prácticamente todos los ámbitos del pueblo en busca de cualquier oportunidad de poder tomar el nuevo brebaje de nuestra insubordinada adolescencia. Entre risas y emocionantes temeridades solíamos llevar a las casas a nuestros amigos que sucumbían ante la influencia del licor. Nuestro desenfado era muestra irrevocable de una transición prematura de inocencia a adultez, omitiendo etapas indispensables en la adecuada evolución del ser humano. Todos los parámetros sociales tradicionales se habían ensanchado desmesuradamente y hoy, de forma retrospectiva, confirmo complicidad y alevosía en todo lo acontecido por parte del  sistema. El ladino planeamiento era, sin duda alguna, inducir a la juventud a la desobediencia y el desafío de los valores tradicionales. Resultaba una faceta fundamental en el meticuloso proceso de transformar toda una cultura. Los primeros vestigios del Hombre Nuevo iban gradualmente siendo incorporados en el mapa genético de las nuevas generaciones de cubanos.

Pero también hubo cuitas y quimeras aquel año de nuestra abrupta transición y de tantas alarmantes revelaciones acerca de un siniestro porvenir para nuestra secuestrada estirpe. En lo personal recuerdo haber experimentado durante aquellos carnavales de 1970 la sensación de sublimes emociones que hasta entonces no habían pasado de platónicas. Entre otras, la inscripción perenne y transcendental en la memoria de canciones de la época por una orquesta de la calle en el Barrio de Colón, furtivos roces tremulantes al compás de aquella música y el asombroso descubrimiento de alguna que otra tenue fragancia  de niña en transición a mujer.

24 de julio de 2014

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