Añadiendo insulto a la injuria, el caso cubano

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Añadiendo insulto a la injuria, el caso cubano

Por Luis F. Brizuela Cruz

He tratado, particularmente a través de los últimos años -aplicando todas las imaginables reglas de imparcialidad- de poner en algún tipo de lógico contexto el caso cubano. A pesar de todo lo vivido y leído, siempre queda una parte de mí que se resiste a la idea que una cultura pueda ser merecedora de un castigo histórico tan largo y severo. Viene a la mente el purgatorio judío y eso a veces me ayuda a conciliar nuestra odisea, pero como víctima de la misma vuelvo a cuestionar la magnitud de nuestra penitencia.

Es precisamente en ese momento de debilidad existencial, de aflicción patriótica, que mi psique reclama sensatez y cordura ante la evidencia histórica y el sentido común. Conclusión: quizás medio siglo de calvario no es suficiente para una agrupación humana que colectivamente ha fallado en atender debidamente su compromiso sociopolítico, habiéndolo trocado por la condescendencia, una paradójica y frecuentemente inoportuna inconformidad y una prevalente postura pachanguera y apolítica hasta –y lamentablemente también después- de sucumbir a uno de los más espantosos experimentos sociológicos en el recuento de la humanidad.

Para aquellos que me otorgan el honor de leerme, les sugiero que revisen mis artículos previos de hace algún tiempo atrás: http://cubasegundomilenio.com/por-que-las-similitudes-entre-estados-unidos-y-cuba-2/  y http://cubasegundomilenio.com/la-paradoja-politica-cubana/ que aparecen en mi blog www.cubasegundomilenio.com donde expongo ciertos paralelos acerca del proceso que como cubanos nos ha traído a las actuales circunstancias y la evidente transformación que hoy atraviesa nuestra patria adoptiva, los Estados Unidos. Un breve análisis sobre la idiosincrasia cubana acentúa el ensayo sobre las contradicciones sociopolíticas de nosotros los cubanos.

Pero el tema de hoy pretende llegar más allá; aspira a lograr cierto entendimiento sobre los más recientes acontecimientos que involucran a las sociedades cubana y estadounidense ahora que, después de medio siglo, se abren negociaciones y se pretende sepultar un pasado, el cual, sino ha arrojado resultados alentadores, fue hasta hace poco por lo menos nuestro único estandarte de pudor, dignidad y patriotismo en medio de toda la ambivalencia y conveniencia política de casi seis décadas.

Si no es menos cierto que un pueblo desesperado, subyugado por más de medio siglo de una dictadura implacable, podría encontrar cierto alivio material en su prevalente escasez con el retorno de rasgos capitalistas al lugar de donde, irónicamente, el capitalismo fue expulsado y casi unánimemente vilificado, es  irrefutablemente claro también que ese pueblo hoy recibe un despiadado insulto sobre la injuria a la que viene siendo sometido a través de varias generaciones. Las anticipadas negociaciones entre Washington y la Habana llegan en un momento cuando ambos países no podrían tener mayor similitud ideológica gubernamental, al menos en la cúspide ejecutiva. Llegan además décadas después de que una voraz, elitista y maquiavélica forma de capitalismo ha ido penetrando la desigual economía de la isla cautiva. Esta invasión capitalista, proveniente de varios países a lo largo del planeta, incluyendo los Estados Unidos, ha venido atrapando ámbitos estratégicos pero con mejoras casi imperceptibles de forma colectiva para el cubano de a pie, cuya subsistencia ha dependido primordialmente del auxilio personal de familiares y amigos en la diáspora y no de ningún proyecto encabezado por el gobierno o gobiernos. No existe ningún indicio de que este status quo encuentre mayor alteración aun dentro de las altamente publicitadas negociaciones y convenios.

Estamos, esencialmente, en presencia de la última etapa de absorción de la voluntad absoluta de un pueblo que no podrá jamás rebasar su programada condición de sobrevivencia, dentro de la inalterable vorágine en la que ha sido condenado a vivir desde la sexta década del siglo veinte. Como dádivas morbosas llegarán los preciados y codiciados artefactos emblemáticos del vil capitalismo a un lugar donde en limitadas instancias ayudarán al progreso de la aturdida sociedad; creando con mayor frecuencia un peor caos y discordia, mientras que los altos beneficios capitales serán repartidos entre los más implacables y avariciosos mercaderes con afiliación gubernamental, asolapados muchos debajo de la doble moral socialista.

Resulta bochornoso e irrefutablemente ofensivo como organismos internacionales, incluyendo las deshonestas y anti americanistas Naciones Unidas, que vehementemente claman monitorear las violaciones de los derechos humanos, pasen por alto que lo que se ventila es un desigual acuerdo entre el último bastión de libertad y democracia y una de las tiranías más largas de la historia, la cual ha reiterado en numerosas ocasiones que continuará su intransigente postura de represión y abuso a la población; mientras el otro lado hace prácticamente todas las concesiones, bajo una directiva que ha aprovechado la miopía de un poco más de la mitad de su ciudadanía para tratar de imponer su propia versión del Socialismo del Siglo XXI.

Siempre se supo que llegaría el momento inevitable del envejecimiento de la tiranía cubana, la cual ha sobrevivido varias presidencias estadounidenses, de demócratas y republicanos. Casi por ley natural, puesto que lo contrario ha quedado ya probado que simplemente contradice hasta la misma naturaleza del hombre, también era de esperar que el capitalismo rescataría los restos de lo que antes de la aclamada revolución constituyera un auténtico modelo de las virtudes e inevitables defectos de la postura cosmológica que más se acopla a la idiosincrasia humana. En la visión más sensata y probable de lo que llegaría a ser el porvenir cubano se divisaban progresos materiales, provocados por la intervención de la empresa privada que reemplazaría la economía de estado. Elecciones verdaderamente libres podían haberse negociado a cambio incluso de inmunidad para los antiguos tiranos y sus familiares, aunque la misma no fuera del agrado total de todos los cubanos. Ocurriría una transición que además de producir mejoramientos de índole material, devolvería las desaparecidas normas y reglas de urbanidad, conducta y civilidad a la sociedad cubana. Dentro del marco más esperanzador así habrían de suscitarse los cambios y se divisaría la luz al final del arduo camino; se llegaría al fin del largo castigo para Cuba.

La elección y reelección del líder que epitomara un periodo de deterioro social en los Estados Unidos, casi paralelo al proceso involutivo de Cuba, habría de producir cambios que no guardarían ninguna similitud al guión que normalmente debe estar deparado para una sociedad con aspiraciones a emerger de la degradante e incapacitante doctrina comunista. La llegada al poder de Barack Obama, por el contrario,  colocaría a los Estados Unidos de América en el umbral del socialismo y en su agenda personal de gobierno se lograría finalmente el esperado acercamiento a la Cuba de los Castro, pero con matices totalmente idílicos y mínimas exigencias de parte del nuevo presidente socialista norteamericano, a la vez ferviente admirador de las dictaduras de izquierda y patéticamente apologético hacia cualquier postura contra su propio país. La ciudadanía de la isla, por consiguiente, pasa a ser otra herramienta inconsciente de uno de los múltiples actos de traición de los cuales puede ser claramente ya culpada la actual administración estadounidense.

Si analizamos los diversos factores de decadencia social que conllevaron a la presidencia del individuo inequívocamente representativo de la antítesis de los valores tradicionales de este todavía grandioso, pero decadente  país y a ello le añadimos la participación del voto de una gran parte del exilio cubano no una vez, sino dos veces, a favor de esa opción de espeluznante similitud a su homólogo cubano -agitador social de la Cuba de ayer, patológicamente mentiroso demagogo y subsecuente vende patria- podíamos entonces cuestionar nuestro juicio como agrupación humana y poner en otra perspectiva la longitud y magnitud del castigo colectivo que nos ha tocado recibir.

www.cubasegundomilenio.com

20 de mayo de 2015 (Aniversario de la Fundación de la Republica)

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