Mi Ultima Noche en Sancti Spiritus

Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Mi Última Noche en Sancti Spíritus

Por Luis F. Brizuela Cruz

No quiero adulterar el recuerdo, o lo que queda del después de más de cuatro décadas. Podría haber contactado a Néstor, Josefinita, Karen, José, Juana María u otro amigo de las redes sociales; incluso podría haber llamado a alguno de los pocos viejos espirituanos  que quedan en mi entorno para identificar con precisión la esquina, pero he optado por dejarlo todo al riesgo, al deleite de la memoria.

Después de todo la esquina es inconsequente, como lo es la fecha, hasta cierto punto. Nosotros los cubanos fuimos divididos en periodos de éxodos y por ende fuimos divididos. Pero este ensayo no es sobre divisiones o puntos de vista sociopolíticos; es o pretende ser un tributo a la auténtica nostalgia del terruño y la admisión personal de preferir nunca alterar los recuerdos del mismo.

Estoy casi seguro que fue la noche del 26 de abril de 1971, en una esquina donde creo que confluyen Agramonte, Maceo y la Gloria. Una despedida furtiva y la realización inmediata que sería la última vez que vería aquellos parajes. Recuerdo haber acariciado el poste de la luz en la cuña de la caprichosa esquina con una entrañable sutileza, como queriendo marcar un punto simbólico e imaginario de desprendimiento definitivo de todo aquello que creía mío.

Emprendí entonces el regreso a casa, donde mis padres y tía posiblemente no estaban tan preocupados por mí como de costumbre, agobiados con los trámites de nuestra salida. Mientras ellos se aseguraban que nada faltara y que todo estuviera en orden cuando las autoridades hicieran el habitual inventario de las pertenencias que dejábamos detrás, con mi lenta caminata yo buscaba absorber en mi memoria a mi Sancti Spíritus. Con cada paso quería captar cada rincón, cada casa -quizás hasta entonces inadvertida- cada olor, la música de los radios austeros con las canciones que mitigaron las penas y la confusión de toda una época. Y lo fui recogiendo todo: hasta las grietas de las aceras, el reflejo de las estrellas primaverales en los charcos, las luces taciturnas, voces conocidas y extrañas, la brisa de mi última noche en Sancti Spiritus. Y me los traje dos días después en un viaje que nuestras mentes y las prevalecientes circunstancias habían ya sentenciado “sin regreso”.

Brooklyn nos abrió las puertas una fría noche de mayo, después de la breve fantasía de un Miami que durante varios gloriosos días imaginé como la Cuba de antes de mi nacimiento. Pero el norte era nuestro destino y acogimos nuestra nueva barriada, cerca del Puente de Brooklyn. Incontables fueron las tardes de mi desconsuelo en las que evoqué a un Martí intenso y genial de a finales del siglo XIX emulando la majestuosidad de la obra arquitectónica, que culminaba entonces, con su magnífico ensayo sobre el impetuoso puente:

“Así han fabricado, y así queda, menos bella que grande, y como brazo ponderoso de la mente humana, la magna estructura.-Ya no se abren fosos hondos en torno de almenadas fortalezas; sino se abrazan con brazos de acero, las ciudades; ya no guardan casillas de soldados las poblaciones, sino casillas de empleados sin lanza ni fusil, que cobran el centavo de la paz, al trabajo que pasa;-los puentes son las fortalezas del mundo moderno.-Mejor que abrir pechos es juntar ciudades. ¡Esto son llamados ahora a ser todos los hombres: soldados del puente!”

Y como alma joven, me fui transformando. Los patriotas de mis nuevas esquinas adoptaron otros nombres; hasta Martí se tornó en Washington y Maceo en Martin Luther King. Ahora en mis caminatas había un aire de libertad solitaria entre la muchedumbre y esa paradójica aflicción tan exclusiva de las almas que arrastran penas y que las hace a veces tristemente felices. Caminaba hacia un futuro que nunca dejaría de ser foráneo, al mismo tiempo que parecía alejarme de mis más íntimos recuerdos. Poco a poco una involuntaria predilección de mi mente se encargó de ir engavetando las vivencias de mi niñez y temprana adolescencia espirituana. A través de los años recurriría a ellas, como aquel que siempre regresa al punto de partida -a su íntima álgebra oculta- y mi Sancti Spíritus y mi Cuba habrían de convertirse en mi derrotero.

Todo ha cambiado a mi alrededor y más allá. Nada parece imposible para el nuevo “desterrado” cubano. Lo tiene todo: puede soñar su futuro y volver físicamente a sus recuerdos. Su vida es, ahora después de más de medio siglo, casi equiparable a la de otros ciudadanos normales del mundo. Impedidos por un misterioso autoimpuesto designio, yo y otros de la época de mi destierro nunca conoceremos tal normalidad.

¡Pobre nuevo desterrado! Él nunca conocerá el privilegio de la verdadera nostalgia ni podrá preservar totalmente intacta para siempre, como yo,  la memoria de una última noche y una fortuita esquina de su pueblo.

Todos los Derechos Reservados

Noche espirituana


Share the joy
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •